miércoles, 16 de diciembre de 2015

Retóricas de la intransigencia

 “Retóricas de la intransigencia” es una excelente expresión por muchos motivos, desde su contundencia fonética hasta su riqueza connotativa, a la que sólo encuentro un defecto: no es de mi cosecha, pues la he tomado prestada del excelente libro de Albert O. Hirschman así intitulado.

Todo librepensador hace de la tolerancia su bandera. Un campo en el que la aquélla es un valor especialmente apreciado es en el del debate, sobre todo en el público. Esto es algo especialmente patente en estos días en los que, como consecuencia de la polarización de la sociedad que el reciente devenir económico, social y político ha propiciado, las posturas extremistas han ocupado el lugar de los puntos de encuentro, el grito se sobrepone al argumento, la consigna al diálogo y el insulto a la reflexión sosegada. Nos encontramos ante una suerte de encanallamiento civil que parece afectar a todos los órdenes de la convivencia, el primero de ellos el de la capacidad de entendimiento.

Estas situaciones suelen afrontarse bajo los efectos del complejo de Adán, en virtud del cual pensamos que nada similar ha ocurrido antes en la Historia. Pareciera que la intransigencia es una recién nacida en un mundo en el que reinaba la armonía polémica. La obra de Hirschman nos muestra, muy al contrario, que ello dista de ser así. Las reacciones conservadoras a todo impulso de cambio y progreso son tan antiguas como la civilización y se han ajustado de manera sorprendente a una serie de patrones que resultan asombrosamente patentes una vez que el economista alemán los desnuda ante nuestros ojos, de manera que murmuramos –como siempre se hace ante las verdades no evidentes– “¿cómo no se me había ocurrido antes?”.

En efecto, Hirschman nos desvela estas pautas de argumentación a través de la investigación de tres períodos históricos: los correspondientes a las etapas del desarrollo de la ciudanía que el sociólogo inglés T.H. Marshall describe en su ensayo Ciudadanía y clase social. En las conferencias que se recogen en este trabajo, Marshall establece tres dimensiones de la ciudadanía y asocia su conquista a tres momentos históricos: la civil, vinculada a los derechos individuales (reunión, expresión, propiedad, vida…) recogidos en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, y cuya consecución se llevó a cabo en el siglo XVIII con la Revolución francesa como referencia; la política, referida a los derechos de participación del ciudadano en la vida pública, que se consiguió en el siglo XIX a raíz de las leyes de sufragio; y la social, alcanzada a lo largo del siglo XX con el establecimiento del estado del bienestar.
En todos estos períodos históricos se libraron duras batallas dialécticas en las que los pensadores y políticos conservadores se oponían a los avances propuestos por los progresistas con una serie de argumentos que Hirschman logra sistematizar a través de una clasificación simple, según la cual la retórica reaccionaria repite con una notable regularidad tres tipos de tesis: la de la perversidad, la de la futilidad y la del riesgo.

La tesis de la perversidad podría formularse del siguiente modo: toda medida que se tome para avanzar en una determinada dirección, producirá el efecto contrario: el esfuerzo por romper cadenas producirá más esclavitud, el seguro de desempleo producirá más paro, etcétera. Todos nos hemos topado, en nuestras discusiones o lecturas, con este tipo de argumento. Tiene la fuerza devastadora de lo sencillo y su falacia sólo se demuestra con el paso del tiempo. La tesis de la perversidad se sustenta en las reflexiones filosóficas acerca de las consecuencias no deseadas de las acciones humanas, tan en boga en el siglo XVIII, cuya expresión más acabada es la mano invisible de Smith o la conocida oposición de Mandeville entre los vicios privados y las virtudes públicas.
   En los tres periodos históricos mencionados ha sido utilizado con profusión: durante e inmediatamente después de la Revolución Francesa, por pensadores como Edmund Burke o Joseph de Maistre. El primero sostenía que el efecto de la revolución sería la tiranía y el segundo, en la misma línea, desarrolla una curiosa teoría que hace a la Divina Providencia la garante del viejo orden que dará al traste con los esfuerzos revolucionarios. La extensión del derecho de voto fue también combatida por notables ideólogos mediante la tesis de la perversidad. La dicotomía entre individuo (racional, consciente, autónomo) y la muchedumbre (irracional, impresionable, dependiente) se utilizaba para pronosticar el fracaso del sufragio como medio para extender el derecho de participación. La masa, forma de vida inferior fácilmente manipulable, facilitaría el objetivo de la oligarquía de seguir teniendo el poder político. Pensadores como Niestzche o escritores como Flaubert dieron consistencia a esta tesis. El argumento, sorprendentemente, sigue oyéndose hoy en ciertos círculos en formulaciones como ésta: “no vale lo mismo el voto de un albañil que el de un notario”. Pero si en alguna de las dimensiones del desarrollo de la ciudadanía ha sido y continúa siendo utilizada con más profusión la tesis de la perversidad, es en la social, desde la promulgación de las leyes de pobres en Inglaterra hasta el establecimiento de la sanidad pública universal. En su auxilio viene la teoría económica clásica, que sostiene que el mercado es un mecanismo perfecto de asignación de recursos que garantiza el equilibrio siempre y cuando no se interfiera en su funcionamiento. Cualquier medida que suponga un alejamiento del libre concurso de las fuerzas del mercado dará como resultado el alejamiento de ese equilibrio y la obtención de resultados distintos de los pretendidos. El rosario de conclusiones pseudocientíficas es bien conocido: la redistribución de la riqueza es contraproducente, el salario mínimo aumenta el desempleo, el establecimiento de precios máximos del pan o la harina lleva al desabastecimiento, la asistencia social fomenta la pereza y produce vagos, etcétera. Milton Friedman es un buen abanderado de estas posturas.
   La segunda tesis, la de la futilidad, se basa en la inutilidad de tomar medida alguna, puesto que cualquier intento por mejorar las cosas las dejará como están. Ello es así porque existe una estructura subyacente de carácter permanente que es imposible alterar. Lampedusa lo expresa perfectamente en El Gatopardo cuando afirma que es necesario cambiarlo todo para que todo siga igual. Aunque es un argumento tan sencillo como el de la perversidad, su naturaleza es más insultante.
    Así, Tocqueville en su obra sobre la Revolución Francesa, sostiene que sus logros no son tales, pues ya se habían logrado en el antiguo régimen, incluidos los derechos del hombre y del ciudadano. Todo cambio es cosmético y no afecta a la naturaleza inherente de la sociedad y las revoluciones estallan allá donde los cambios ya se habían iniciado. Los impulsos de reforma política del siglo XIX fueron firmemente rechazados por economistas como Pareto o Mosca. El primero eleva al carácter de universal su conocida ley que, por tanto, no podrá ser modificada por ningún avance en la representación ciudadana. El segundo, llegaba a la misma conclusión por la diferencia eterna entre gobernantes y gobernados. Las formulaciones derivadas son también conocidas por su uso y abuso: siempre habrá clases, quien mande y quien obedezca, la riqueza siempre se distribuirá con arreglo al mismo patrón, la democracia es una mentira porque siempre gobierna la misma plutocracia, etcétera. Cualquier aspiración democrática está condenada a la futilidad.
    El desarrollo del estado del bienestar también contó con su ración de tesis de la futilidad. Sobre la base de la capacidad auto-reguladora del mercado, se afirmaba que todo intento de redistribución de la riqueza acabaría en la canalización de los recursos hacia la clase media, no hacia la más desfavorecida, con lo que el esfuerzo resultaría inútil.
     Finalmente, la tesis del riesgo, que es de elaboración más complicada, sostiene que, si bien las medidas encaminadas a lograr una mejora en determinada dirección pueden tener éxito, acabarán poniendo en peligro otros avances conseguidos con anterioridad en otro ámbito. Esta tesis se ha empleado en dos direcciones: la democracia pone en peligro la libertad y el estado del bienestar pone en peligro la democracia. La disyuntiva entre libertad e igualdad bebe de este argumento. Las dos leyes de reforma inglesas del siglo XIX fueron objetadas de esta forma: la extensión del sufragio pondría en peligro el sutil equilibrio logrado por la Gran Bretaña imperial, próspera y en paz.
   Hayek también se apunta a esta tesis para atacar el estado social: dado que el campo de posibles consensos entre los ciudadanos es reducido y la acción política en democracia se basa en los consensos, la capacidad de acción de un gobierno democrático es limitada. Por consiguiente, toda medida verdaderamente reformadora deberá ser impuesta por coerción, lo que pondrá en riesgo la democracia.
He aquí las tres tesis básicas de la reacción, los tres tipos fundamentales de las retóricas de la intransigencia: cualquier intento de progreso o bien producirá el efecto contrario al deseado (perversidad), o bien será inútil (futilidad), o bien acabará con algún logro previo (riesgo). Como puede verse, nada nuevo han producido nuestros días en el campo de la argumentación. En cualquier conversación o tertulia se pueden encontrar razonamientos que se adaptan perfectamente a alguno de los tipos descritos. Hay, sin embargo, una novedad merecedora de ser subrayada. En los tres momentos del desarrollo de la ciudadanía citados, el arsenal de argumentos de la reacción se dirige a contrarrestar medidas de progreso. En este momento, sin embargo, este mismo conjunto de tesis se está utilizando para justificar la demolición de logros ya alcanzados, para justificar la reacción.
Ante esta ya no tan moderna variedad de sofística, se impone con mayor fuerza el rechazo de todo dogmatismo y el imperio de la tolerancia.


jueves, 20 de junio de 2013

Fernando



Adiós, Fer, queridísimo amigo. No he llegado a conocer el relato de esa larga temporada en el infierno que ha precedido a tu despedida. Lo fuimos dejando y ya nunca me lo contarás. Sólo he oído el eco de tu dolor, que nunca me fue extraño a pesar de la distancia que absurdamente pusimos entre nosotros.

Nos asomamos juntos a la vida como párvulos asombradizos. ¿Recuerdas cómo entrábamos al aula cogidos de la mano? Así, de la mano, hemos caminado durante medio siglo viéndonos crecer, madurar, aprender, ser felices pocas veces e infelices muchas. Digo con Cicerón que parecen quitar el sol del mundo quienes quitan la amistad de la vida, lo sé bien porque he tenido la tuya.

Añoraré nuestras largas conversaciones, nuestro permanente desencaje del mundo, tu facilidad para descubrir en las cosas lo que los demás no veíamos, tu melancolía risueña que, ahora lo comprendo, era el anticipo de un sufrimiento impredecible.

Te resultó insoportable el oficio de vivir. No preví el desenlace. Me avisaste, pediste auxilio con una voz cada vez más débil, no supe verlo o me faltó generosidad. Ahora es tarde y sólo puedo llorar. 


domingo, 19 de mayo de 2013

ARBO


Estos días he conseguido viajar en el tiempo gracias a mi amigo T., a quien hace ya cuarenta años que no veo. No sé cómo se las ha arreglado para encontrarme, pero cuando levanté el teléfono y me dijo que era él, se obró el milagro y los cuarenta años se encogieron instantáneamente hasta convertirse en cuarenta minutos: así de cerca me llegó aquel tiempo mágico de Arbo, aquellos veranos de un calor plomizo impropio de Galicia.

Todo entonces contribuía a acentuar la indolencia adolescente: las mañanas plácidas en el río Miño cuya corriente violenta en aquel tramo de su curso y sus traicioneros remolinos nos atrevíamos a desafiar nadando hasta la orilla portuguesa; la tardes perezosas en la casa de alguno de nosotros, ya sentados en el porche de la nuestra, ya en el jardín de la suya; las cenas inquietas que precedían a las verbenas de algunas de las parroquias y aldeas cercanas (Barcela, Las Nieves, Sela, Cabeiras, Creciente…); los aperitivos dominicales en cualquiera de los bares del pueblo.

Salíamos al encuentro de la vida sin darnos cuenta de que íbamos encontrándonos a nosotros mismos, dejando en la búsqueda jirones de inocencia enredados en las chicas, la música, los vermús, las conversaciones y el pasmo asombrado de la emergencia del deseo. Se asentaron entonces amistades que ahora veo han resistido el bataneo inmisericorde de las décadas como sólo los aprecios y querencias de la pubertad, aún ignorantes de la traición, el desencanto o la simple descomposición, pueden soportar.

Parecía entonces que la vida transcurría milagrosamente indemne en dos corrientes contradictorias: el manso curso del estío con su quietud tántrica y el atropellado torrente de nuestro interior. No lo sabíamos, pero estábamos enfilando caminos diferentes, tanto que nos perdimos de vista casi para siempre.

Durante estos últimos cuarenta años, he regresado a Arbo en algunas ocasiones, sólo para ir constatando, en cada viaje con mayor claridad, que el lugar me es tan extraño como la edad en la que en él fui feliz. Y es que, al parecer, en eso consiste envejecer: en un permanente y definitivo destierro.


miércoles, 30 de mayo de 2012

Meditaciones

Tal vez la vida en las guarniciones danubianas acentuara el natural pesimismo de Marco Aurelio. En las tardes grises de Carnuntum vivió tiempos de zozobra en los que la guerra y la peste parecían anunciar el fin de Roma. Cuántas veces, entre las brumas de Panonia, recordaría a su abuelo, de quien había aprendido el buen talante, y a su padre adoptivo, el emperador Antonino, a quien debía su aprecio por el esfuerzo y la perseverancia, su amor al prójimo y su preocupación por el bien común, su desapego del lujo y su prudencia. Y cuántas rememoraría las enseñanzas de su maestro y amigo Frontón, el rétor que lo formó en las técnicas de la Gramática, o las de Rústico, quien lo inició en la filosofía estoica.

En la soledad de su tienda escribía sus melancólicos soliloquios desgranando una visión del mundo que se mueve entre la desesperanza y la resignación. La muerte, tan presente en su vida y en su reinado, no está asociada a la gloria, sino al olvido que todo lo arrastra al mismo vacío negro. Todo lo que es desaparece con rapidez: los hombres, en el mundo; su recuerdo, en el tiempo. Ni siquiera la memoria es garantía de permanencia. Todo acaba perdido, deshecho y disuelto en otros seres: en un instante, serás cenizas y huesos, un nombre o ni siquiera eso; si un nombre, sólo un murmullo y eco. Lo mismo que sucede con el amor: lo creemos eterno y un día reparamos en que no es más que un brumoso recuerdo que languidece como una evocación mortecina a la que nos cuesta poner nombre.

Marco Aurelio va tiñendo de nostalgia su testamento espiritual, escrito quizás para su hijo Cómodo, o simplemente para él mismo. Él no lo sabe, pero ya nunca volverá a pisar Roma: terminará sus días en Vidobona, habiendo concluido su conmovedor homenaje a quienes lo habían conducido en su infancia y juventud: familiares, preceptores, maestros y amigos. Con sus predecesores Adriano y Antonino marca la edad de oro de una Roma que empezaba a sospechar su decadencia.

En su Cuaderno de notas a las Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar recuerda la lectura, en la correspondencia de Flaubert, de esta inolvidable frase: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que sólo estuvo el hombre". Casi dos milenios después, el hombre vuelve a estar solo.

sábado, 18 de febrero de 2012

El amor es de izquierda


En la presentación de la nueva novela de mi amiga Enriqueta de la Cruz ayer, en el Ateneo (El amor es de izquierda), se respiraba un aire antiguo de inocencia y libertad. Se podrá decir que la docta institución todo lo empapa de amor de saber, pero también que en las venas de los amigos que llenaban la sala Úbeda hay, como en las de Machado, gotas de sangre jacobina; y como él son, en el buen sentido de la palabra, buenos.

La autora hizo la presentación con la frescura de una conversación de café, alternando su discurso con la lectura de ciertos pasajes por Inma Chacón. Tal vez el término lectura no alcance a expresar lo que Inma hizo con su voz de seda cantarina de acentos extremeños: devolvernos durante unos instantes casi hipnóticos a la infancia en que nuestra madre nos leía un cuento antes de dormir. Su paso lento por el episodio en que Lenin y Elena hacen el amor fue tan hermoso que, cerrados los ojos para concentrarme mejor, me pareció que no oía: veía.

En otro de los pasajes del libro, uno de los personajes, Sara, hace una conmovedora reflexión sobre la incapacidad de expresar verbalmente nuestras emociones en la sociedad actual. Es como si en el proceso de evolución social hubiésemos acabado perdiendo esa facultad, como algunos animales, después de milenios, pierden alguna extremidad. Y esa amputación nos condena a implorar ayuda con la mirada o con los gestos, a buscar remedio a nuestro desamparo inermes, mudos, esperando que alguien repare en nuestro dolor para darnos lo que tan fácil habría sido pedir con palabras: una mano, un abrazo, un beso.

Se habló mucho en la presentación: de esperanza, de utopía, de bondad, de amor, de fe, porque como dice Rimbaud, el amor es la mejor fe. Son tiempos de postración, pero consuela comprobar que todavía, en algunos rincones ilustrados, se respira un aire antiguo de inocencia y libertad.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Cambio

Hace años que lo venimos oyendo y leyendo: la velocidad de los cambios se ha disparado hasta el punto de hacerlos incomprensibles a las generaciones más viejas. No sólo los ancianos, sino también los que han entrado en la madurez parecen no estar preparados para asimilar la ingente cantidad de novedades que se les caen encima: la tecnología, el comercio, la comunicación y los nuevos usos sociales son fenómenos cuya comprensión parece estar al alcance únicamente de los jóvenes y algunas mentes preclaras de los que ya no lo son.

Los que estamos a caballo entre los no preparados y los ya crecidos en esta época de vértigo tenemos el privilegio de haber asistido a la gestación y lactancia del nuevo tiempo. Un día tuvimos en nuestras manos los juguetes pre-mecánicos, las tablas de logaritmos, los discos de 45 r.p.m. y las conferencias a cobro revertido. Sin saber cómo, nos encontramos con pasatiempos electrónicos, calculadoras científicas, minúsculos dispositivos de reproducción musical y teléfonos móviles. Hemos podido adaptarnos porque hemos crecido al ritmo de la innovación, pero tal vez nuestros hermanos mayores lo han tenido más difícil.

La fuerza centrífuga de este loco girar expulsa lo malo y lo bueno. Perdemos cada día un trozo de lo que nos ha traído hasta aquí. Unas veces, sea bienvenida la pérdida; otras, lamentada.

Sin embargo, pasan los años y permanecen las mismas querencias, aquéllas cuya satisfacción no depende del signo de los tiempos: el gozo de la primavera, la memoria de la juventud, el escalofrío de una caricia, la plenitud del amor.

viernes, 12 de agosto de 2011

Chus

Conocí a Chus en la universidad. Era una jovencita atractiva, alocada y risueña. Eran tiempos de intensa actividad política, especialmente entre los estudiantes –el estudiantado, como se decía entonces por analogía con el proletariado o el campesinado–. Aunque los comprometidos no éramos una mayoría y los organizados mucho menos, la arrogancia que sólo puede dar la juventud nos llevaba a mirar por encima del hombro a aquellos compañeros desinteresados por los problemas sociales y políticos, que eran muchos y graves. Chus era una de ellos.

Con su carcajada fácil, su frivolidad y ligereza, su interés en el atuendo y su conversación intrascendente era el prototipo de cabeza loca con la que, por principio, había una incompatibilidad de trato.

La intolerancia fue menguando a la par que la fiebre militante, aunque tal vez no a la misma velocidad. Empezamos a tratarnos y me sorprendí al descubrir una persona cuya apariencia y mi simpleza me habían ocultado hasta entonces. Nos hicimos muy amigos. Preparábamos juntos los exámenes, hablábamos, salíamos… nos conocimos mejor.

Terminada la carrera, seguimos caminos diferentes. Ella viajó y se fue a trabajar al extranjero. Yo me quedé en España pero cambié de ciudad. Pasaron los años, nos emparejamos varias veces cada cual por su lado y yo tuve hijos, pero seguíamos en contacto y manteniendo una relación estrecha.

Cuando regresó retomamos el contacto con algo más de intensidad. Hablábamos por teléfono o nos escribíamos (todavía no había llegado la revolución de internet). Algo en ella, sin embargo, había cambiado y me inquietaba. Su conversación parecía haberse vuelto más incoherente. La última visita que le hice confirmó mis temores. Vivía con un truhán al que mantenía y ella misma tenía un aspecto deplorable. Me fui apesadumbrado de su casa y no volví a verla, aunque hablamos por teléfono alguna vez más: charlas breves en las que se hacía patente su deterioro.

Al poco tiempo supe que se le había diagnosticado una enfermedad mental que sólo una pequeña parte de la población mundial presenta en la edad adulta. El pronóstico no era bueno y la terapia involucraba su internamiento en un centro especializado. Poco podía hacer yo: la llamé una última vez pero ya era difícil enhebrar una conversación. Perdimos el contacto.

Pasaron los años y yo seguía enviándole felicitaciones de Navidad en la confianza de que hubiera mejorado su condición y pudiera contestarlas. En vano, nunca más volví a tener noticias de ella hasta hace unos días en que, ayudado por la tecnología, localicé a una de sus hermanas a la que me apresuré a llamar con una urgencia no exenta de inquietud.

Según me contó, la enfermedad no ha remitido. Ha estado todos estos años a tratamiento, con períodos de reclusión alternados con otros de libertad. Con el mejor de los pronósticos seguirá así el resto de su vida. Ahora está internada, por lo que no es posible el contacto con ella. Su carácter ha cambiado. Ya no es la muchacha dulce que yo conocí. Se ha convertido en una mujer irascible e insociable que apenas soporta el trato con su propia familia.

La información me dejó dos sensaciones distintas. Por una parte, el alivio de saber que no ha empeorado y que previsiblemente no lo hará. Por otro, la desazón de comprobar que no volveré a ver a la compañera y amiga de mi juventud.

Hace más de treinta sólo había para ella años por venir. Los encaraba con un alborozo despreocupado, una buena formación académica y, sobre todo, una pasión para disfrutarlos desprovista de prejuicios y ataduras. Nada le estaba vedado por las estrecheces de la moral en la que había crecido (“cuando viajo me gusta conocer los países y a sus hombres”, solía decir). Era un torrente, un caudal de vida corriendo desatado al encuentro de más vida. Yo, que creyendo poder enseñarle algo tanto había acabado aprendiendo de ella, asistía perplejo al milagro.

La enfermedad fue una escollera en la que se estrelló toda esa corriente de júbilo vital: lo arremolinó y devolvió con violencia, y volvió a hacerlo cuando regresó con fuerza mermada, y así una y otra vez hasta que consiguió remansarlo en un pantano oscuro de tristeza y desesperanza.

Los que sabemos que no siempre fue así y conservamos intacta la memoria de su felicidad y de la que nos proporcionó sin pedir nada, nos vamos marchitando un poco bajo el peso de tal injusticia. En alguna parte de nosotros también hay un pantano oscuro en el que el tiempo va aquietando sueños agitados, esperanzas insensatas y la misma pasión de vivir.

sábado, 23 de julio de 2011

Música

Escucho Apelo en la voz de Maria Creuza , afelpada como la mano de mi madre sobre mi cara antes de dormir. Su caricia me arropa en esta noche triste, como las de Silvio Rodríguez (“ojalá tu nombre se le olvide a esa voz”), Maria Bethania, Cesaria Evora, Bebel Gilberto, Mariza o Carlos do Carmo. No sé si es la melancolía la que me lleva a elaborar estas listas que concentran toda la amargura del vivir o si es el acaso de una combinación impensada el que me devuelve a mí, como diría Molloy.

No sólo están en el manojo los latinos. También me regalan con su pequeña aportación los anglosajones que saben lo suyo de lo que la vida puede desasosegar, de cuán próximos están los territorios de la normalidad y la ruina, de cómo un leve error de juicio puede llegar a confundir un futuro brillante con el destello cegador de la derrota.

Así voy entrando en la noche, de la mano de voces que me cuentan lo que ya conozco o sospecho: qué cerca estamos de perder, qué frágiles son nuestros apoyos, cómo se desvanece la felicidad que imprudentemente habíamos dado por eterna.

Menos mal que llegan en mi ayuda los italianos (Nicola di Bari, Jimmy Fontana, Mina…) que dan un tenue barniz de impostura al sufrimiento. Porque, ¿quién puede compadecerse de estos impenitentes vividores que mientras lloran preparan su próxima comida o conquista o lectura?

lunes, 18 de julio de 2011

Soberbia

Hace años tuve la suerte de participar en un interesantísimo proyecto en un país centroamericano. Lo fue porque me permitió aprender en varios aspectos. Por supuesto, en el profesional. Eran, en efecto, años todavía de formación (si es que éstos llegan a terminar alguna vez: el aprendizaje es un continuum) en el campo en que se ha desarrollado mi carrera profesional. No entraré en detalles tan cargantes como las anécdotas del servicio militar. Baste decir que lo entonces oído, leído y escrito me permitió apuntalar un conjunto básico pero prolijo de conocimientos que he ido aprovechando a lo largo de los años.

Pero también fueron tiempos de descubrimientos de orden personal (humanos, como diría un periodista) que no me fueron ciertamente de menos provecho. Había varios equipos de trabajo, uno de los cuales dirigía yo, coordinados por un director del proyecto, una especie de comandante a quien, en favor de la claridad del relato, llamaremos F. Con él creo que alcancé entonces un razonable nivel de comprensión y simpatía mutuas, si bien es ésta una declaración un tanto presuntuosa a falta de su testimonio. Era F un personaje singular perteneciente a uno de los cuerpos superiores de la administración de estado. Por razones que no viene al caso detallar, dedicábase a la sazón a labores de consultoría como experto en mercados financieros, y en tal calidad comandaba el proyecto de marras.

Llegada una de las fases de los trabajos que consistía en pronunciar una serie de conferencias, F requirió el concurso de dos amigos y colaboradores suyos en tiempos entonces recientes, catedráticos ambos. Eran dos tipos curiosos, aparentemente contradictorios en todos los campos: uno era bajito y regordete, el otro alto y flaco; uno era dicharachero y costaba hacerlo callar, al otro era difícil hacerlo hablar; uno de izquierda y ateo, el otro conservador y católico, pariente, en no recuerdo qué grado, de un pasado prepósito de los jesuitas. O al menos eso decía, supongo que no en broma. Tal vez el contraste más acusado entre ambos fuera el que se daba entre la sencillez de uno y la vanidad del otro. El orgullo del larguirucho estaba, como suele ser habitual en las personas religiosas que además son fatuas, enmascarado bajo una humildad impostada que daba una apariencia de discreción y recato a lo que no era más que altivez.

Estábamos un día cenando los cuatro y la conversación iba de un lado a otro sin más sentido que el que marcaba la inercia. Sobre cualquiera que fuese el tema del momento, el flaco tenía una opinión cuya formulación, indefectiblemente, lo llevaba a hablar de sí mismo a la vuelta de dos o tres frases. La insistencia resultaba un poco irritante y, ya a los postres, F le espetó:

-A ti, a quien como católico tan caros te resultan los sacrificios para ganar el favor divino, te voy a proponer uno: controla tu soberbia. Sé que no es fácil, pero el esfuerzo hará que todos, incluído tú, nos sintamos mejor.

El tono desenfadado en que lo dijo no dio pie, afortunadamente, a una situación tensa, pero yo me revolví un poco incómodo porque creía que todos buscamos ser queridos y, ante la posibilidad de alternativa, preferidos a otros. La línea que separa la búsqueda de la aceptación de la mera soberbia es muy tenue. El desprecio de lo ajeno sitúa la pasión en el lado de la soberbia, de la misma forma que la renuncia a la exaltación de lo propio la lleva al terreno amable de la conquista humilde del reconocimiento y del cariño.

jueves, 9 de junio de 2011

Elisa

Elisa, pan caliente, te asomas a la vida y todo te invita a conocer y tú todo lo bebes insaciable, vives en el asombro. Apenas has abierto los ojos y el mundo te maravilla, llena tus sentidos de mensajes que no comprendes, de palabras que guardas, de colores que te queman, de olores que ya siempre te llamarán.

Es tan grande el universo que se te escaparía si no lo retuvieran tus padres, tus abuelos y tu muñeco. Por eso puedes hacer de cada día un paraíso para todos. Por eso todo es magia si lo tocas.

Quién me dijera, Elisa, vida mía, que había de escribir estas letras pobres para celebrar tu milagro, exprimiendo de este corazón cansado lo que en él pueda quedar de bueno. No, no, nunca lo soñé, ¿cómo habría podido?, ¿a qué insana ilusión tendría que haber sucumbido? Ya ves: después de todo, yo también estoy en edad de aprender.

Tu padre te levanta sobre su cabeza y miras la ciudad desde esa altura olímpica, sintiéndote reina de un mundo que se te ofrece rendido, que se mantiene en suspenso sometido a tu examen, a tu curiosidad, al rayo incesante de tu escrutinio. Y restallan las palabras nuevas como latigazos. Mira: esto es un pato; eso un cucurucho; aquello un campanario. Mira: así se anda; así se come; así se quiere.

Sí, el camino es incierto y nada sabemos de rumbos ni destinos. Pero guardamos como tesoros algunas certezas: los pechos que te han amamantado, los corazones que despiertas cada día y el temblor cósmico que provoca tu risa. También: que el Sol sale por oriente porque hacia oriente duermes; que marcas la medida del tiempo con tus pulsaciones; que las estrellas se pelean por tu nombre; que alguna noche, tendido entre la espada y la pluma, Garcilaso te soñó.

miércoles, 8 de junio de 2011

Primeras frases


La lectura es también una suerte de proceso fotográfico. En muchas ocasiones buscamos una frase o pasaje ya leídos guiados por la memoria de su situación espacial, no por el lugar que recordamos ocupa en el hilo del discurso. Está en una página par o impar; en la parte superior, central o inferior; en el cuerpo de un diálogo o en el curso de una descripción… Buscar el texto que nos impresionó en la primera lectura deviene en un rastreo de trampero.

Igualmente peculiar, aunque de naturaleza diferente, es el mecanismo que fija en nosotros las primeras frases de unos libros y envía a otras al olvido. Tengo grabada la de El túnel (Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne) con la misma firmeza que las preposiciones o las provincias andaluzas, pero no podría recitar sin repasarla la de Crimen y castigo. Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo es para mí como una jaculatoria, pero que no me pregunten cómo comienza La Regenta.

Hoy he vuelto a encontrarme con el doctor Urbino en el memorable comienzo de El amor en los tiempos del cólera: Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. De esta novela no sólo recuerdo vivamente el comienzo, sino el pasaje del enfado de la pastilla de jabón, que tiene el aire de relato antiguo desgranado entre risas en una rebotica o al calor de un brasero.

Las primeras frases de El lobo estepario me persiguen siempre que quiero borrar un día de mi vida: El día había transcurrido del modo como suelen transcurrir estos días; lo había malbaratado, lo había consumido suavemente con mi manera primitiva y extraña de vivir. Excelente metáfora de la rutina: manera primitiva y extraña de vivir.

Un juego retórico que anuncia el tenor de la novela encabeza el Don Juan de Torrente: Acaso exista, en Roma, algún lugar tan atractivo para cierta clase de personas como en París los alrededores de San Sulpicio; pero yo nunca he estado en Roma. A saber por qué el eco de la ironía resuena entre tantos otros después de los ya muchos años que hace que lo leí. Como resuena la hermosa descripción inicial de El bosque animado, de su compañero de trinchera Fernández Flórez: La fraga es un tapiz de vida apretado contra las arrugas de la tierra; en sus cuevas se hunde, en sus cerros se eleva, en sus llanos se iguala.

El artista es el dios de las cosas bellas, estalla el prefacio de El retrato de Dorian Grey. En efecto, ¿cómo si no se puede entender el impagable quiasmo de la segunda parte de Molloy, que comienza “Es medianoche. La lluvia azota los cristales. Estoy tranquilo. Todo duerme.” y termina “Entonces entré en casa y escribí, es medianoche. La lluvia azota los cristales. No era medianoche. No llovía”?

miércoles, 1 de junio de 2011

El argumento ontológico

Releo El discurso del método y me recreo nuevamente en su Cuarta Parte, aquélla en la que establece como su primera idea clara y distinta –su criterio de verdad– “pienso, luego soy”, principio que puede recibir sin escrúpulo porque las más extravagantes suposiciones de los escépticos son incapaces de conmover.

Continúo con curiosidad a través de su trabada demostración de la existencia de Dios. Puesto que él duda, concluye, no es perfecto. ¿De dónde le viene la idea de imperfección, vale decir, de perfección? De alguna naturaleza más perfecta que la suya, que además debe ser externa a él. Y el mismo entendimiento de una naturaleza más perfecta demuestra su existencia: puesto que soy capaz de pensar que existe, debe existir.

El argumento no es nuevo, ya san Anselmo lo esgrimió en el albor del primer milenio. Donde Descartes se refiere a lo más perfecto que puede ser concebido, Anselmo de Canterbury habla de aquello tan grande que nada mayor pueda ser imaginado. La conclusión es la misma. Si podemos entender que hay algo tan grande que nada mayor pueda haber, debe existir, de lo contrario no sería lo más grande, pues existiría en nuestro pensamiento pero no fuera de él.

Y mientras lo leo y releo pienso en que todos los amores que vivimos nos parecen tan grandes que no podríamos concebir uno mayor. Y ese atributo les confiere un extra de realidad que los hace más gozosos. O más dolorosos. Después descubrimos que lo más grande puede ser superado por algo mayor y creemos que toda pérdida será finalmente compensada, recuperada con beneficio.

Y llegará el día en que nada compensará una pérdida, todo será descalabro y ruina, y finalmente, cuando ya sea tarde, sabremos que la existencia del más grande amor es una verdad clara y distinta.

sábado, 16 de abril de 2011

Negrín


Una vez estuve en Leipzig. Unos amigos y yo hubimos de hacer noche en ella durante un viaje largo. Todavía existía la República Democrática Alemana y era una ciudad gris, con el aire desolado de las que parecen deshabitadas por más población que alberguen. En el centro encontramos un hotel que tenía el aire de no haber sido pisado en décadas. Las paredes desconchadas, las bombillas mortecinas, el mobiliario de entreguerras y un conserje cadavérico daban la impresión de pertenecer a la época de la inmediata ocupación soviética. Conservo la tarjeta de identificación con el número de la habitación, 109, y, cada vez que la tengo en mis manos, no puedo evitar fantasear con la idea de que una copia de ella habría acabado en algún despacho de la Stasi.

Leipzig fue siempre celebrada por su Universidad. Alma máter de célebres investigadores, científicos y artistas, alcanzó alturas de excelencia que llevaron a su ciudad a dar nombre a un colectivo, la Escuela de Leipzig. Bastará con decir que por sus aulas pasaron Goethe, Leibniz, Wagner y Nietzsche.

Estos días en que se celebra el octogésimo aniversario de la proclamación de la Segunda República, me he acordado de Leipzig porque en su Instituto de Fisiología se doctoró Juan Negrín, tal vez el más íntegro y digno de los servidores republicanos. Allí continuó trabajando como profesor numerario y se casó, semanas antes del comienzo de la Gran Guerra, con la hermosa María Mijailov, iniciando una dura y dolorosa relación que, incluso tras la ruptura del matrimonio once años después, habría de amargarlo hasta su muerte.

Si bien su matrimonio con la rusa había sido, según su testimonio, fruto de un genuino y pasional flechazo, no fue ella el verdadero amor de su vida. Al poco de romper con María, Negrín comenzó una relación con una joven y humilde asistente de su laboratorio de análisis clínicos, Feliciana López, Feli, que le acompañaría el resto de su vida.

Feli procedía de una familia humilde. Huérfana desde pequeña, su padre había sido un guía del Monasterio de El Escorial. La chiquilla se había criado con unos tíos y, en cuanto tuvo edad, empezó a trabajar como costurera. Con el tiempo entraría en el laboratorio de Negrín, lo que cambiaría la vida de ambos.

La historia de esa relación es de las que no dejan de conmover. Con discreción, enamorados siempre, atravesaron los momentos más esperanzadores y los más dramáticos de nuestra historia. Juntos vivieron la llegada de la República, los convulsos cinco años que duró en tiempo de paz, los espantosos tres de la guerra y los diecisiete del exilio que aún vivió Negrín entre Dormers y París hasta su muerte en esta última ciudad. A lo largo de todos ellos, Feli, la frágil subalterna del laboratorio, fue el más firme apoyo del imponente doctor, diríase que casi el único de entre los muchos compañeros y amigos que dieron la espalda al estadista.

Cuando el 12 de noviembre de 1956 Negrín moría en su casa de París, fue Feli la que llamó entre sollozos a Mariano Ansó, ministro de Justicia en uno de sus gobiernos, para comunicarle la noticia. Acababan así treinta años de relación callada, de lealtad y compromiso.

En su final, sólo acompañaron a Negrín al cementerio de Père-Lachaise su hijo Rómulo, Ansó, el socialista francés y varias veces ministro Jules Moch y Feli.

En un acto desprovisto de todo protocolo, el féretro fue introducido en una fosa cercana al Muro de los Federados, parapeto de los últimos defensores de la Comuna de París en la primavera de 1871, fusilados sumariamente contra él de diez en diez.

Así, bajo la mirada llorosa de Feli, se daban la mano dos símbolos de la historia europea: los comuneros y el gobernante que nunca se cansó de decir que resistir es vencer.

viernes, 25 de marzo de 2011

Echar de menos

Qué bella expresión “echar de menos”, más hermosa que añorar o “echar en falta”. Echamos de menos algo o a alguien, sufrimos la sensación de una ausencia que resta, que disminuye, que nos hace más pequeños. Expresión bella pero triste, evocadora de una melancolía de la imperfección, de la desazón de lo incompleto.

Se echa de menos al amado, a la amada incluso en el pasado, en el tiempo en que todavía no se le conocía, pero vivido y añorado en la imaginación como si por él se hubiera transitado, como si se hubiera formado parte de su vida como tantos otros extraños cuya insoportable cercanía se envidia y aborrece.

Y también echamos de menos el futuro que no viviremos, el de la vida de las generaciones que nos sucederán, el de los años que no compartiremos con quien deseamos, el tiempo por venir donde seremos observadores atónitos de un mundo en el que no ocuparemos el lugar que habríamos deseado, en el que no seremos amados por quien amamos, donde viviremos exiliados en un universo alternativo, hostil, indeseado, ajeno.

Porque echamos de menos lo que siempre estuvo o imaginamos que estaba o deseamos que hubiera estado donde ahora nos duele que falte. Y es que a eso se reduce todo: que lo que tiene que ocupar su lugar esté, que los objetos den sentido al mundo, que la caricia pueda alcanzar el cuerpo deseado, que el beso no se pierda en el vacío del rechazo, que nuestro abrazo encuentre algo más que un sueño.

jueves, 24 de marzo de 2011

Miedo

La luz, referida al punto que la genera, nos proporciona una referencia que hace posible conocer la dirección del avance, y referida a su capacidad de hacer visibles los objetos, nos permite caminar sin tropiezos. ¿Cuáles son las dimensiones de la incertidumbre y el miedo cuando la luz desaparece?

Se teme lo que se conoce y supone un peligro, cierto o imaginario, pero también aquello que se desconoce pero a cuya hipotética existencia asignamos una determinada certidumbre. El miedo es una respuesta instintiva al riesgo, un proceso de adaptación a situaciones en las que la vida o la integridad de un individuo o de un conjunto de ellos se perciben amenazadas. Desde esta perspectiva, que podríamos denominar genética, el miedo es una herramienta imprescindible para la supervivencia tanto del individuo como de la especie. El hombre primitivo se refugia en su caverna o se protege cerca del fuego cuando una fiera se acerca, garantizando así la seguridad de su tribu o clan, de la misma forma que los animales protegen a sus crías de los depredadores para evitar desaparecer. Este miedo primordial, genético o biológico, responde a percepciones sensoriales: la visión del enemigo, el sonido de un rugido, el olor del humo, la sensación del terremoto… No tiene componente alguno ajeno a los sentidos, es una reacción primaria compartida con todas las especies que han desarrollado el instinto de supervivencia. Es éste un miedo bueno porque contribuye a la preservación de la vida.

Pero hay otro tipo de miedo en cuya formación y desarrollo intervienen factores socioculturales específicos, cuya naturaleza no se comparte con otros seres vivos, un miedo plenamente humano. Tal vez el ejemplo más claro es el miedo a la muerte, derivado de nuestra conciencia de ella, característica única de nuestra especie. Este miedo, que se puede llamar social, no depende sólo de la alarma que produce la percepción sensorial de la realidad, sino que está firmemente enraizado en el conjunto del aprendizaje que configura nuestro modo de comportamiento social. Así, aprendemos a temer (o no temer) la guerra, la inflación, el desempleo, la enfermedad, el descrédito, el rechazo de los demás, la vejez, etcétera. Este miedo sobrevenido, asimilado de la estructura social en la que nos ha tocado vivir, no tiene una asignación de valor clara: puede ser bueno o malo, según las circunstancias o el contexto histórico en el que tiene lugar.

Como toda conducta humana aprendida, el miedo social es una potente herramienta en manos de aquél o aquéllos que tengan la habilidad de inducirlo en la mente de los individuos, no digamos en el alma colectiva de una sociedad. La adecuada manipulación del miedo a la muerte por brujos y sacerdotes de toda laya ha estado desde donde nos alcanza la memoria en el origen de la sumisión: el hombre está dispuesto a pagar casi cualquier precio, incluida su libertad, por la evasión de la muerte, por la certeza de la vida eterna.

También como toda conducta humana aprendida, el miedo social está determinado por las particulares condiciones históricas que le dan vida. El hombre ha temido la ira de dios, el entierro sin vituallas, los eclipses, la llegada del año 1000, la peste o la sombra de la Inquisición en según qué periodos de la historia porque eso era lo que tocaba.

Tradicionalmente el miedo ha tenido cara porque la amenaza, riesgo o peligro que lo provocaban (el caudillo del ejército enemigo, el déspota, el astro, la enfermedad epidémica, etcétera…) eran conocidos.

Vivimos tiempos de mayor oscuridad. Ya no se puede señalar con precisión la fuente de la amenaza. Nos movemos como ciegos en un entorno hostil en el que no sabemos determinar de dónde nos puede llegar un peligro de cuya certeza no podemos dudar. Miles de millones de hombres y mujeres se agitan inquietos sabiéndose a merced de fuerzas anónimas, indefinidas, que tienen control sobre sus trabajos, su bienestar y sus destinos sin estar sujetas a ningún tipo de control. Estas fuerzas se ocultan tras nombres cuya sola mención desincentiva la rebeldía: los mercados, el PIB, la estabilidad financiera, el crecimiento… Pareciera que la humanidad ha dado un inverosímil salto hacia atrás despojándose de todos los avances que desde la Ilustración le habían permitido ganar espacios de libertad y gobierno sobre las vidas de los ciudadanos. Éstos, desorientados, tienden a encerrarse en sus estructuras sociales más cercanas (la familia, el pueblo, el grupo religioso) y conocidas, adoptando pautas de comprensión de la realidad circundante que poco tienen que ver con la razón y mucho con las emociones o los mitos. El auge de las sectas religiosas, de los nacionalismos o de ciertos movimientos políticos no por minoritarios menos reaccionarios es una muestra de ello.

Necesitamos identificar cualquier mistificación, reconocer los velos allá donde éstos ocultan relaciones de dominio o semillas de injusticia, con el íntimo convencimiento de que dar un rostro al miedo es el primer paso para vencerlo.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Sueños

El hombre empezó a creer en el más allá la primera vez que soñó. Individuos de su tribu que él sabía fallecidos se le aparecían en sueños y le hablaban. Al despertar, no estaban. A falta de otra explicación, el hombre concluyó que había otra vida desconocida para él en la que sus muertos seguían viviendo y desde la que se comunicaban con los del más acá, mientras éstos dormían, en un sistema de referencias igualmente ignoto: nada era tan firme y predecible como en la vigilia, las identidades se confundían, el tiempo no era lineal, las situaciones, inverosímiles. La muerte, por tanto, no era algo tan terrible porque no era definitiva.

Así, los sueños fueron nuestro primer escudo contra el infortunio, el refugio primigenio frente a un mundo poco acogedor, lleno de amenazas, peligroso y hostil. Con el paso de no mucho tiempo, la otra vida perdió su vinculación con ellos, se independizó de toda actividad humana y ganó una autonomía absoluta, convirtiéndose en el club privado de sacerdotes, brujos y chamanes, únicos intermediarios entre los dos mundos.

Pero el hombre no se resignó a perder el control de sus sueños ni del papel que éstos desempeñaban como protección y cobijo. Empezó a fabricarlos despierto contando historias. Sucesos tan humanos como la guerra o pasiones como el amor se convertían en leyendas o cuentos tan caprichosos como los sueños mismos. Los dioses se mezclaban con él en una convivencia inverosímil; las tentaciones se convertían en sirenas; los animales se transmutaban: caballos con cuernos, águilas con cuerpo de león, hombres con cabeza de chacal… Los puentes con la otra realidad se rehicieron a base de cuentos.

Hoy vivimos un tiempo negro en el que las referencias en que se anclaba la vida de nuestros abuelos se desvanecen, dejando un vacío en el que la falta de certidumbres y el vértigo de un futuro inseguro nos aboca a un miedo permanente e impreciso, a la sensación de estar a merced de unas fuerzas que presentimos pero no vemos y mucho menos controlamos. Pero mientras tratamos de transformar este entorno que nos atemoriza, sigamos contando historias, construyamos cuento a cuento nuevas utopías como diseños en las nubes, esquemas luminosos del mundo que queremos, proyecciones de los sueños que siempre han querido robarnos.

jueves, 16 de septiembre de 2010

May

May es una hermosa mulata dominicana que trabaja como camarera en una cervecería del barrio. Lleva ya unos cuantos años en España. Vino embarazada hace diez, y volvió brevemente a su tierra a dejar el niño al cuidado de su familia. Con su acento caribeño y sin descolgar ni un momento su sonrisa va contando historias mientras sirve cañas, seca vasos o saca botellas del frigorífico.

Ahora está sufriendo un proceso de divorcio enconado, me cuenta. Ya van dos sobre sus jóvenes espaldas. Con esa resignación incomprensible en quien debería tener un grueso sedimento de resentimiento acumulado tras generaciones de esclavitud, explica que es ella la que está pagando los gastos del proceso, porque su (ex)marido se ha desentendido. Y, como para subrayar el acierto de su decisión, vuelve a enseñar sus blanquísimos dientes y sentencia: “lo único que quiero es perderlo de vista cuanto antes”.

Me dice que tiene abandonado a Dios, pero es que le cuesta entrar en las iglesias españolas. Son demasiado oscuras y lóbregas para su sensibilidad antillana. Por un momento se queda parada y con la mirada fija en el mostrador, probablemente viendo a través de él alguna estampa de su infancia: allá en su tierra, de vuelta del liceo, ella paraba todos los días en la iglesia, porque la de su pueblo es luminosa y está permanentemente decorada de fiesta. En los templos españoles le da la impresión que se adora a un dios diferente del suyo. No lo siente igual.

Uno escucha sus historias, las sobrepone a otras similares contadas por otros emigrantes y encuentra el mismo sustrato que sólo los detalles accesorios (la nacionalidad, la familia de cada cual, la edad, el sexo) ayudan a diferenciar… Viendo que esta gente, que vino en alas de la esperanza de unas oportunidades que su país les negaba, sólo puede poner voz a la frustración y el desengaño, uno se pregunta si realmente merece la pena el viaje. Porque al final, salvando las remesas, es el mismo desperdicio de una vida en la monotonía de los días de trabajo y renuncia, de inseguridad permanente, con las privaciones añadidas por la distancia: la separación de los hijos, la pérdida de las redes sociales de pertenencia y protección…

A May le gustaría traerse su pueblo de allá, con sus sancochos, sus asopaos y sus picaderas; con sus bachatas y merengues; con sus amigas del liceo, sus padres y su hijo; y con la iglesia de luz y flores donde se encontraba a diario con su diosito.

Yo la escucho atento y la interrumpo para pedirle otro vino. “Claro, miamol”, me contesta sonriendo. Y después, sigue hablando.

viernes, 3 de septiembre de 2010

La noche de los tiempos

Terminé las casi mil páginas de La noche de los tiempos de Muñoz Molina y me quedé con ganas de otras mil en las que enterarme del destino de Ignacio Abel y Judith Biely. Su separación, después de una última noche inesperada por improbable, deja al lector sumido en la misma melancolía que al personaje.

La historia de un amor infinito pero adúltero en el Madrid de los meses que preceden al golpe de estado del 36 y de los inmediatamente posteriores, con el enemigo ya a las puertas, tiene la verosimilitud que le contagia la detallada y perfecta recreación del ambiente de la capital desquiciada, enloquecida, con los extremistas de ambos bandos imponiendo su ley de sangre y venganza.

No cuesta nada reconocerse en el arquitecto Ignacio Abel, socialista ilustrado al estilo de Fernando de los Ríos, Besteiro o Negrín, tan ajeno a las soflamas revolucionarias de muchos de sus correligionarios como a la tradición beatona y mediocre de su familia política. Tampoco Judith resulta extraña en el verano del 36, como lo habría parecido sólo cuatro o cinco años más tarde en el mismo escenario, cuando la ciudad se había hundido ya en la negrura cavernaria de la dictadura. La joven americana, recalando en España en el curso de un largo viaje por la Europa de entreguerras, llega empujada por la marea de la Historia, que se apresta a abrir un tiempo nuevo nacido de la guerra más cruel conocida hasta entonces.

En ese entorno se enamoran Ignacio y Judith cercando con su pasión un pequeño universo en el que cada uno escapa de algo: él de una familia que no está a su altura y de la locura que se ha enseñoreado de Europa y España; ella de un pasado de miseria y de errores. A través del romance se vislumbra la colisión de dos mundos: el del amor luminoso sin trabas y el del camisón a oscuras; el de la sociedad libre americana y el de la todavía campesina España del la que la República lucha por salir…

Todo es sin embargo premonición de desastre y descalabro: la guerra civil se desatará separando también a Ignacio y Judith en una patética sincronía. En la vorágine de los días previos al levantamiento comprendemos que es el egoísmo de él el que ha llevado su amor a un callejón sin salida, el que pone en las manos de Judith el billete de vuelta a Nueva York.

Y es que de eso se trata: el amor empieza a morir cuando la mirada deja de dirigirse al otro para tornar a uno mismo, cuando desaparece la voluntad de entrega bajo la demanda imperiosa del placer ya aprendido, cuando se deja de ser uno para volver a ser dos.

jueves, 12 de agosto de 2010

Por morir una golondrina

Salió Carlos do Carmo al escenario de los jardines de Sabatini y un soplo del océano que besa el Tajo recorrió las gradas. En la noche tórrida, suspendido el tiempo en ese punto inverosímil en que las cuerdas están a punto de sonar, sólo se percibía en el silencio profundo el aleteo leve de los abanicos. El sobrio decorado encuadraba a espaldas del artista el Palacio Real, severo y pesado como un monumento portugués.

Do Carmo nos regaló la versión más desnuda del fado, la genuina: guitarra, viola, bajo y voz, con la gravedad del luto canónico de músicos y cantor, de traje riguroso éste, aquéllos de no menos negro atuendo ligero. Ni una concesión cromática que distraiga del lamento resignado del fado, que entorpezca la comunión entre el público y el fadista. Él lo dijo: para que haya fado tienen que encontrarse la música, la voz y el oyente atento; tocar, cantar o escuchar mal hacen el fado imposible.

Su voz ofrece todos los timbres del buen fadista. Pareciera que da forma acústica a un plano de la Alfama y que paseamos por sus calles estrechas de la mano de sus adustos matices.

Carlos do Carmo me acompaña desde hace muchos años. La primera vez que lo escuché fue hace casi treinta. Era una Semana Santa y un grupo de amigos –tres parejas–, el perro de uno de ellos y mi gata nos fuimos a pasar esos días a una aldea perdida de Orense, encerrados en un caserón del que apenas salimos. La lluvia incesante nos tenía casi prisioneros, de manera que sólo nos aventurábamos a ir a un colmado cercano para solucionar problemas de intendencia. A falta de cosa mejor que hacer, repartimos el tiempo de la semana en dos tareas: leer y componer un rompecabezas de cinco mil piezas. También tuvimos que asegurarnos de que el perro y la gata no se mataran. En un viejo tocadiscos sonaban permanentemente los cuatro o cinco elepés que había en la casa. Uno de ellos era de Carlos do Carmo y, en mi percepción, fue el que más sonó, especialmente el fado que más me gustaba: “Por morrer uma andorinha” (Por morir una golondrina). Me pareció entonces, y sigo pensándolo ahora, que la letra de Joaquim Frederico de Brito era un intento de encontrar esperanza donde sólo se puede hallar desazón y amargura, pues ninguna herida del corazón llega a cicatrizar para siempre.

En aquellos días de cielo gris y fado viví el principio de un desamor, pero también la esperanza de un amor nuevo. Fue una sensación de contornos difusos, una vaga premonición que no tenía rostro, pero no por ello menos firme. Una tristeza de pérdida, imprecisa pero constante, lo tocaba todo: las piezas del rompecabezas, el fondo de laúd de la guitarra portuguesa, la propia vieja casona en la que todo sucedía.

Así que en mi memoria aquella Semana Santa evoca varias melancolías: la de los fados de Carlo do Carmo, la lluvia que un cielo de plomo no dejó de llorar y un amor moribundo.

El otro día, mientras escuchaba a Carlos do Carmo desgranar sus fados con el magisterio de los grandes, recordé aquella semana. Y miraba el Palacio Real al fondo, enmarcado por el decorado rectangular, y lo imaginaba dividido en cinco mil pedacitos como motivo de un rompecabezas, y pensaba en reconstruirlo con paciencia, y fantaseaba con hacerlo con mis amigos, y que mi gata negra corría por los tejados fundiéndose con la noche, y no había pérdida ni tristeza ni lluvia, y nada malo era posible ya que la primavera no se acaba porque muera una golondrina.

domingo, 20 de junio de 2010

Saramago

Llegué a Saramago relativamente tarde. En un viaje a Lisboa me compré unos cuantos libros (tengo la fortuna de leer portugués) entre los que estaba su Memorial do convento, que ahora tengo ante mis ojos mientras escribo: vigésima edición de 1990, en rústica, de Caminho (O campo da palavra), la historia conmovedora y mágica de Baltasar y Blimunda en los años de la construcción del convento de Mafra. Leo y traduzco el resumen de la obra en la tapa posterior:
Érase una vez un rey que prometió levantar un convento en Mafra. Érase una vez la gente que construyó ese convento. Érase una vez un soldado manco y una mujer que tenía poderes. Érase una vez un cura que quería volar y murió loco. Érase una vez.

La fuerza de la narración, la originalidad del estilo y la riqueza del vocabulario me llevaron a iniciar con la editorial una larga relación durante la que fui recibiendo por correo muchas de sus obras: Viagem a Portugal, O ano da morte de Ricardo Reis, Historia do cerco de Lisboa, Objecto quase, O evangelho segundo Jesus Cristo, Ensaio sobre a cegueira, Todos os nomes, Ensaio sobre a lucidez, A caverna.

A pesar de que ahora ya me he acostumbrado, recuerdo la dificultad inicial que planteaba su estilo, su particular uso de los signos de puntuación, los diálogos no marcados con guión o comillas, sino con mayúscula inicial -así, de repente, sin anunciar qué voz era la que irrumpía en el párrafo en el que aparecía embebida-, la sobriedad en el uso de los adjetivos, la longitud de las oraciones, con subordinadas invasivas que enredan la redacción sin oscurecer su sentido, la aparición inesperada del estilo directo en medio del libre, o viceversa... O la ausencia de nombres en el Ensaio sobre a cegueira, donde los personajes se nombran con apelativos (el primer ciego, la mujer del primer ciego, la muchacha de las gafas oscuras, la mujer del médico, el chiquillo estrábico…) que los identifican. Fue la originalidad de sus estilo la que me cautivó en un primer momento.

Después vino el descubrimiento gozoso del contexto que tejían sus novelas y relatos, un universo de personajes débiles, perdedores de una lucha que nunca eligieron, víctimas de una injusticia primordial que tiene su asiento en la violencia y en esas condiciones llevan una existencia de dignidad no resignada, desheredados que miran con asombro un mundo desigual en el que sólo se tienen a sí mismos. Es la misma entereza moral sostenida en un entorno adverso con que Greene o le Carré cimientan sus universos narrativos y que evoca en nosotros inocencias ya perdidas.

Se van poco a poco los grandes. La muerte de Saramago nos deja no sólo sin el escritor excelente, sino también sin el ejemplo de vida que supo darnos. Sin la voz de Saramago seremos más ciegos en un mundo más oscuro.