Terminé las casi mil páginas de La noche de los tiempos de Muñoz Molina y me quedé con ganas de otras mil en las que enterarme del destino de Ignacio Abel y Judith Biely. Su separación, después de una última noche inesperada por improbable, deja al lector sumido en la misma melancolía que al personaje.
La historia de un amor infinito pero adúltero en el Madrid de los meses que preceden al golpe de estado del 36 y de los inmediatamente posteriores, con el enemigo ya a las puertas, tiene la verosimilitud que le contagia la detallada y perfecta recreación del ambiente de la capital desquiciada, enloquecida, con los extremistas de ambos bandos imponiendo su ley de sangre y venganza.
No cuesta nada reconocerse en el arquitecto Ignacio Abel, socialista ilustrado al estilo de Fernando de los Ríos, Besteiro o Negrín, tan ajeno a las soflamas revolucionarias de muchos de sus correligionarios como a la tradición beatona y mediocre de su familia política. Tampoco Judith resulta extraña en el verano del 36, como lo habría parecido sólo cuatro o cinco años más tarde en el mismo escenario, cuando la ciudad se había hundido ya en la negrura cavernaria de la dictadura. La joven americana, recalando en España en el curso de un largo viaje por la Europa de entreguerras, llega empujada por la marea de la Historia, que se apresta a abrir un tiempo nuevo nacido de la guerra más cruel conocida hasta entonces.
En ese entorno se enamoran Ignacio y Judith cercando con su pasión un pequeño universo en el que cada uno escapa de algo: él de una familia que no está a su altura y de la locura que se ha enseñoreado de Europa y España; ella de un pasado de miseria y de errores. A través del romance se vislumbra la colisión de dos mundos: el del amor luminoso sin trabas y el del camisón a oscuras; el de la sociedad libre americana y el de la todavía campesina España del la que la República lucha por salir…
Todo es sin embargo premonición de desastre y descalabro: la guerra civil se desatará separando también a Ignacio y Judith en una patética sincronía. En la vorágine de los días previos al levantamiento comprendemos que es el egoísmo de él el que ha llevado su amor a un callejón sin salida, el que pone en las manos de Judith el billete de vuelta a Nueva York.
Y es que de eso se trata: el amor empieza a morir cuando la mirada deja de dirigirse al otro para tornar a uno mismo, cuando desaparece la voluntad de entrega bajo la demanda imperiosa del placer ya aprendido, cuando se deja de ser uno para volver a ser dos.
viernes, 3 de septiembre de 2010
jueves, 12 de agosto de 2010
Por morir una golondrina
Salió Carlos do Carmo al escenario de los jardines de Sabatini y un soplo del océano que besa el Tajo recorrió las gradas. En la noche tórrida, suspendido el tiempo en ese punto inverosímil en que las cuerdas están a punto de sonar, sólo se percibía en el silencio profundo el aleteo leve de los abanicos. El sobrio decorado encuadraba a espaldas del artista el Palacio Real, severo y pesado como un monumento portugués.
Do Carmo nos regaló la versión más desnuda del fado, la genuina: guitarra, viola, bajo y voz, con la gravedad del luto canónico de músicos y cantor, de traje riguroso éste, aquéllos de no menos negro atuendo ligero. Ni una concesión cromática que distraiga del lamento resignado del fado, que entorpezca la comunión entre el público y el fadista. Él lo dijo: para que haya fado tienen que encontrarse la música, la voz y el oyente atento; tocar, cantar o escuchar mal hacen el fado imposible.
Su voz ofrece todos los timbres del buen fadista. Pareciera que da forma acústica a un plano de la Alfama y que paseamos por sus calles estrechas de la mano de sus adustos matices.
Carlos do Carmo me acompaña desde hace muchos años. La primera vez que lo escuché fue hace casi treinta. Era una Semana Santa y un grupo de amigos –tres parejas–, el perro de uno de ellos y mi gata nos fuimos a pasar esos días a una aldea perdida de Orense, encerrados en un caserón del que apenas salimos. La lluvia incesante nos tenía casi prisioneros, de manera que sólo nos aventurábamos a ir a un colmado cercano para solucionar problemas de intendencia. A falta de cosa mejor que hacer, repartimos el tiempo de la semana en dos tareas: leer y componer un rompecabezas de cinco mil piezas. También tuvimos que asegurarnos de que el perro y la gata no se mataran. En un viejo tocadiscos sonaban permanentemente los cuatro o cinco elepés que había en la casa. Uno de ellos era de Carlos do Carmo y, en mi percepción, fue el que más sonó, especialmente el fado que más me gustaba: “Por morrer uma andorinha” (Por morir una golondrina). Me pareció entonces, y sigo pensándolo ahora, que la letra de Joaquim Frederico de Brito era un intento de encontrar esperanza donde sólo se puede hallar desazón y amargura, pues ninguna herida del corazón llega a cicatrizar para siempre.
En aquellos días de cielo gris y fado viví el principio de un desamor, pero también la esperanza de un amor nuevo. Fue una sensación de contornos difusos, una vaga premonición que no tenía rostro, pero no por ello menos firme. Una tristeza de pérdida, imprecisa pero constante, lo tocaba todo: las piezas del rompecabezas, el fondo de laúd de la guitarra portuguesa, la propia vieja casona en la que todo sucedía.
Así que en mi memoria aquella Semana Santa evoca varias melancolías: la de los fados de Carlo do Carmo, la lluvia que un cielo de plomo no dejó de llorar y un amor moribundo.
El otro día, mientras escuchaba a Carlos do Carmo desgranar sus fados con el magisterio de los grandes, recordé aquella semana. Y miraba el Palacio Real al fondo, enmarcado por el decorado rectangular, y lo imaginaba dividido en cinco mil pedacitos como motivo de un rompecabezas, y pensaba en reconstruirlo con paciencia, y fantaseaba con hacerlo con mis amigos, y que mi gata negra corría por los tejados fundiéndose con la noche, y no había pérdida ni tristeza ni lluvia, y nada malo era posible ya que la primavera no se acaba porque muera una golondrina.
Do Carmo nos regaló la versión más desnuda del fado, la genuina: guitarra, viola, bajo y voz, con la gravedad del luto canónico de músicos y cantor, de traje riguroso éste, aquéllos de no menos negro atuendo ligero. Ni una concesión cromática que distraiga del lamento resignado del fado, que entorpezca la comunión entre el público y el fadista. Él lo dijo: para que haya fado tienen que encontrarse la música, la voz y el oyente atento; tocar, cantar o escuchar mal hacen el fado imposible.
Su voz ofrece todos los timbres del buen fadista. Pareciera que da forma acústica a un plano de la Alfama y que paseamos por sus calles estrechas de la mano de sus adustos matices.
Carlos do Carmo me acompaña desde hace muchos años. La primera vez que lo escuché fue hace casi treinta. Era una Semana Santa y un grupo de amigos –tres parejas–, el perro de uno de ellos y mi gata nos fuimos a pasar esos días a una aldea perdida de Orense, encerrados en un caserón del que apenas salimos. La lluvia incesante nos tenía casi prisioneros, de manera que sólo nos aventurábamos a ir a un colmado cercano para solucionar problemas de intendencia. A falta de cosa mejor que hacer, repartimos el tiempo de la semana en dos tareas: leer y componer un rompecabezas de cinco mil piezas. También tuvimos que asegurarnos de que el perro y la gata no se mataran. En un viejo tocadiscos sonaban permanentemente los cuatro o cinco elepés que había en la casa. Uno de ellos era de Carlos do Carmo y, en mi percepción, fue el que más sonó, especialmente el fado que más me gustaba: “Por morrer uma andorinha” (Por morir una golondrina). Me pareció entonces, y sigo pensándolo ahora, que la letra de Joaquim Frederico de Brito era un intento de encontrar esperanza donde sólo se puede hallar desazón y amargura, pues ninguna herida del corazón llega a cicatrizar para siempre.
En aquellos días de cielo gris y fado viví el principio de un desamor, pero también la esperanza de un amor nuevo. Fue una sensación de contornos difusos, una vaga premonición que no tenía rostro, pero no por ello menos firme. Una tristeza de pérdida, imprecisa pero constante, lo tocaba todo: las piezas del rompecabezas, el fondo de laúd de la guitarra portuguesa, la propia vieja casona en la que todo sucedía.
Así que en mi memoria aquella Semana Santa evoca varias melancolías: la de los fados de Carlo do Carmo, la lluvia que un cielo de plomo no dejó de llorar y un amor moribundo.
El otro día, mientras escuchaba a Carlos do Carmo desgranar sus fados con el magisterio de los grandes, recordé aquella semana. Y miraba el Palacio Real al fondo, enmarcado por el decorado rectangular, y lo imaginaba dividido en cinco mil pedacitos como motivo de un rompecabezas, y pensaba en reconstruirlo con paciencia, y fantaseaba con hacerlo con mis amigos, y que mi gata negra corría por los tejados fundiéndose con la noche, y no había pérdida ni tristeza ni lluvia, y nada malo era posible ya que la primavera no se acaba porque muera una golondrina.
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Fado
domingo, 20 de junio de 2010
Saramago
Llegué a Saramago relativamente tarde. En un viaje a Lisboa me compré unos cuantos libros (tengo la fortuna de leer portugués) entre los que estaba su Memorial do convento, que ahora tengo ante mis ojos mientras escribo: vigésima edición de 1990, en rústica, de Caminho (O campo da palavra), la historia conmovedora y mágica de Baltasar y Blimunda en los años de la construcción del convento de Mafra. Leo y traduzco el resumen de la obra en la tapa posterior:
La fuerza de la narración, la originalidad del estilo y la riqueza del vocabulario me llevaron a iniciar con la editorial una larga relación durante la que fui recibiendo por correo muchas de sus obras: Viagem a Portugal, O ano da morte de Ricardo Reis, Historia do cerco de Lisboa, Objecto quase, O evangelho segundo Jesus Cristo, Ensaio sobre a cegueira, Todos os nomes, Ensaio sobre a lucidez, A caverna.
A pesar de que ahora ya me he acostumbrado, recuerdo la dificultad inicial que planteaba su estilo, su particular uso de los signos de puntuación, los diálogos no marcados con guión o comillas, sino con mayúscula inicial -así, de repente, sin anunciar qué voz era la que irrumpía en el párrafo en el que aparecía embebida-, la sobriedad en el uso de los adjetivos, la longitud de las oraciones, con subordinadas invasivas que enredan la redacción sin oscurecer su sentido, la aparición inesperada del estilo directo en medio del libre, o viceversa... O la ausencia de nombres en el Ensaio sobre a cegueira, donde los personajes se nombran con apelativos (el primer ciego, la mujer del primer ciego, la muchacha de las gafas oscuras, la mujer del médico, el chiquillo estrábico…) que los identifican. Fue la originalidad de sus estilo la que me cautivó en un primer momento.
Después vino el descubrimiento gozoso del contexto que tejían sus novelas y relatos, un universo de personajes débiles, perdedores de una lucha que nunca eligieron, víctimas de una injusticia primordial que tiene su asiento en la violencia y en esas condiciones llevan una existencia de dignidad no resignada, desheredados que miran con asombro un mundo desigual en el que sólo se tienen a sí mismos. Es la misma entereza moral sostenida en un entorno adverso con que Greene o le Carré cimientan sus universos narrativos y que evoca en nosotros inocencias ya perdidas.
Se van poco a poco los grandes. La muerte de Saramago nos deja no sólo sin el escritor excelente, sino también sin el ejemplo de vida que supo darnos. Sin la voz de Saramago seremos más ciegos en un mundo más oscuro.
Érase una vez un rey que prometió levantar un convento en Mafra. Érase una vez la gente que construyó ese convento. Érase una vez un soldado manco y una mujer que tenía poderes. Érase una vez un cura que quería volar y murió loco. Érase una vez.
La fuerza de la narración, la originalidad del estilo y la riqueza del vocabulario me llevaron a iniciar con la editorial una larga relación durante la que fui recibiendo por correo muchas de sus obras: Viagem a Portugal, O ano da morte de Ricardo Reis, Historia do cerco de Lisboa, Objecto quase, O evangelho segundo Jesus Cristo, Ensaio sobre a cegueira, Todos os nomes, Ensaio sobre a lucidez, A caverna.
A pesar de que ahora ya me he acostumbrado, recuerdo la dificultad inicial que planteaba su estilo, su particular uso de los signos de puntuación, los diálogos no marcados con guión o comillas, sino con mayúscula inicial -así, de repente, sin anunciar qué voz era la que irrumpía en el párrafo en el que aparecía embebida-, la sobriedad en el uso de los adjetivos, la longitud de las oraciones, con subordinadas invasivas que enredan la redacción sin oscurecer su sentido, la aparición inesperada del estilo directo en medio del libre, o viceversa... O la ausencia de nombres en el Ensaio sobre a cegueira, donde los personajes se nombran con apelativos (el primer ciego, la mujer del primer ciego, la muchacha de las gafas oscuras, la mujer del médico, el chiquillo estrábico…) que los identifican. Fue la originalidad de sus estilo la que me cautivó en un primer momento.
Después vino el descubrimiento gozoso del contexto que tejían sus novelas y relatos, un universo de personajes débiles, perdedores de una lucha que nunca eligieron, víctimas de una injusticia primordial que tiene su asiento en la violencia y en esas condiciones llevan una existencia de dignidad no resignada, desheredados que miran con asombro un mundo desigual en el que sólo se tienen a sí mismos. Es la misma entereza moral sostenida en un entorno adverso con que Greene o le Carré cimientan sus universos narrativos y que evoca en nosotros inocencias ya perdidas.
Se van poco a poco los grandes. La muerte de Saramago nos deja no sólo sin el escritor excelente, sino también sin el ejemplo de vida que supo darnos. Sin la voz de Saramago seremos más ciegos en un mundo más oscuro.
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Saramago
jueves, 17 de junio de 2010
Brodeck
Hace unos días, al poco de terminar de leer El informe de Brodeck, de Philippe Claudel, me encontré por casualidad en un trabajo académico con la confidencia que Valle-Inclán, harto de que la Administración hiciera oídos sordos a sus propuestas, hacía a su entrevistador sobre su dimisión como Conservador General del Patrimonio Artístico Nacional tras un año en el cargo. “A mí me declararon inquilino de las nubes”, decía el escritor para explicar el limbo en que se desarrollaba su trabajo. Qué hermosa expresión, pensé, y cómo conviene a Brodeck, otro exiliado por elevación de la aldea en la que vive.
En la obra las referencias temporales y espaciales son indirectas, de forma que es sólo a través de las analogías y el contexto geográfico, lingüístico y sociológico que Claudel describe detallado en los elementos pero difuso en el conjunto, como el lector se sitúa en algún momento inmediatamente posterior al final de la Segunda Guerra Mundial, probablemente en algún pueblo de los Alpes austríacos. Esta indefinición contribuye a dar a la novela un incontestable aire de fábula.
La conjunción de la inteligente trama, de carácter policíaco, y el desbarajuste moral del nazismo y la guerra permiten a Claudel situarnos ante un mosaico de las pasiones más bajas, pero también de las mejores del ser humano. Racismo, odio, intolerancia, crueldad, rencor, traición, ruindad… desfilan junto al amor, la ternura, el perdón y la amistad. Pero sobre todo, en la novela pesa el silencio, un silencio envolvente, opresivo, en el que el pueblo se entierra para no hacer frente a su remordimiento.
Brodeck es un judío que llegó al pueblo huyendo de un progrom, fue entregado por sus vecinos al invasor nazi, vivió el horror de un campo de concentración del que salió vivo a costa de desprenderse de todo lo humano que había en él, y ahora, como el hombre letrado de la aldea, es el encargado de escribir un informe sobre la misteriosa muerte del Otro (Der Anderer), como él, extranjero; como él, incómodo a los vecinos porque los enfrenta a su miseria.
La novela inquieta porque habla al lector de sus debilidades, de la fragilidad de sus soportes y del orden en el que vive. A medida que avanza su lectura, aumenta la sensación de inestabilidad y las dudas sobre la firmeza del suelo que pisamos. Cualquier accidente puede acabar con la armonía de la convivencia, convertir al vecino en delator, al militar en asesino, al amigo en traidor. Sólo las palabras pueden redimirnos, las que línea a línea van escribiendo el informe que todo lo explica, el que nos baja a tierra firme y nos congracia con el otro. Ni siquiera el silencio es la respuesta porque el silencio nos hace inquilinos de las nubes.
En la obra las referencias temporales y espaciales son indirectas, de forma que es sólo a través de las analogías y el contexto geográfico, lingüístico y sociológico que Claudel describe detallado en los elementos pero difuso en el conjunto, como el lector se sitúa en algún momento inmediatamente posterior al final de la Segunda Guerra Mundial, probablemente en algún pueblo de los Alpes austríacos. Esta indefinición contribuye a dar a la novela un incontestable aire de fábula.
La conjunción de la inteligente trama, de carácter policíaco, y el desbarajuste moral del nazismo y la guerra permiten a Claudel situarnos ante un mosaico de las pasiones más bajas, pero también de las mejores del ser humano. Racismo, odio, intolerancia, crueldad, rencor, traición, ruindad… desfilan junto al amor, la ternura, el perdón y la amistad. Pero sobre todo, en la novela pesa el silencio, un silencio envolvente, opresivo, en el que el pueblo se entierra para no hacer frente a su remordimiento.
Brodeck es un judío que llegó al pueblo huyendo de un progrom, fue entregado por sus vecinos al invasor nazi, vivió el horror de un campo de concentración del que salió vivo a costa de desprenderse de todo lo humano que había en él, y ahora, como el hombre letrado de la aldea, es el encargado de escribir un informe sobre la misteriosa muerte del Otro (Der Anderer), como él, extranjero; como él, incómodo a los vecinos porque los enfrenta a su miseria.
La novela inquieta porque habla al lector de sus debilidades, de la fragilidad de sus soportes y del orden en el que vive. A medida que avanza su lectura, aumenta la sensación de inestabilidad y las dudas sobre la firmeza del suelo que pisamos. Cualquier accidente puede acabar con la armonía de la convivencia, convertir al vecino en delator, al militar en asesino, al amigo en traidor. Sólo las palabras pueden redimirnos, las que línea a línea van escribiendo el informe que todo lo explica, el que nos baja a tierra firme y nos congracia con el otro. Ni siquiera el silencio es la respuesta porque el silencio nos hace inquilinos de las nubes.
sábado, 12 de junio de 2010
Tolos
En los años de mi infancia y primera adolescencia había en mi pueblo una pobre mujer, probablemente mongólica –no puedo asegurarlo–, que tenía una hija. La infeliz padecía obesidad mórbida, tenía una barba tal que la obligaba a afeitarse a diario y era claramente subnormal. Conservaba pocos dientes, lo que se podía comprobar porque siempre sonreía estúpidamente cuando paseaba por la alameda. Los chiquillos, y los no tan chiquillos, la acosaban a distancia gritando su nombre: “¡Finaaaa! ¡Finocaaaa!”. Al parecer, se dedicaba a aliviar las calenturas de los marineros que recalaban en nuestro puerto, acumuladas tras meses de dura travesía. En una de ésas se quedó embarazada de su única hija. Sólo vi a la criatura en una ocasión: la desgraciada era un reproducción fiel de su madre: obesa, torpe, bigotuda, apocada, desafortunada.
Teníamos más heterodoxos: Tucho, un demente irascible y esquinado que se revolvía agresivo ante nuestros pullazos inmisericordes como sólo los de unos adolescentes estúpidos pueden ser. Luciano, el homosexual oficial del pueblo, vendedor ambulante de lotería, precursor visionario que imprimía en sus talonarios de participaciones su fotografía: el rostro sonriente bajo un sombrero Borsalino. Era una fiesta cada vez que se subía al trolebús y se sentaba al lado de alguno de nosotros. Atiplaba la voz para poner su mano en nuestros muslos y hacernos proposiciones que rechazábamos entre risas, tal vez un poco azorados, pero divertidos. Adonis, un hombre errante, fumador empedernido de dedos amarillos por la nicotina, con su gabardina en invierno y verano, cargando con Dios sabe qué trágica historia de hundimiento y exclusión: nos había llegado el rumor de que procedía de una familia acaudalada de la que había sido expulsado por oscuras razones que desconocíamos pero no teníamos reparo en tejer: un desengaño, una traición, tal vez un homicidio…
Con todos ellos convivíamos, a todos los apreciábamos como un elemento más de la comunidad en la que crecíamos. En el complejo proceso del aprendizaje y la maduración, nuestros locos nos enseñaban que no es tan difícil descarrilar, que ser extranjero en el universo de la normalidad está al alcance de cualquiera. Hoy sé que su presencia en los primeros años de mi vida me ayudó no sólo a ubicar el límite, sino a construir la misma idea del límite.
Recuerdo a menudo a los desequilibrados de mi infancia. En los ya muchos años que han pasado desde entonces los he reconocido en otros locos, “tolos” como los llamamos en mi tierra. Mil veces he vuelto a sentir sus miradas alucinadas pero tiernas, sus sonrisas tontas, sus explosiones de agresividad…
Y si tuviera que dar cuenta de mis gratitudes, nunca podría obviar las debidas a Finoca, Luciano, Tucho o Adonis porque todos ellos me enseñaron que la vida es frágil como las alas de una mariposa, que el camino está plagado de trampas, que es tan fácil caer como continuar, que sólo nuestra soberbia nos lleva a proclamarnos dueños de nuestro destino.
Teníamos más heterodoxos: Tucho, un demente irascible y esquinado que se revolvía agresivo ante nuestros pullazos inmisericordes como sólo los de unos adolescentes estúpidos pueden ser. Luciano, el homosexual oficial del pueblo, vendedor ambulante de lotería, precursor visionario que imprimía en sus talonarios de participaciones su fotografía: el rostro sonriente bajo un sombrero Borsalino. Era una fiesta cada vez que se subía al trolebús y se sentaba al lado de alguno de nosotros. Atiplaba la voz para poner su mano en nuestros muslos y hacernos proposiciones que rechazábamos entre risas, tal vez un poco azorados, pero divertidos. Adonis, un hombre errante, fumador empedernido de dedos amarillos por la nicotina, con su gabardina en invierno y verano, cargando con Dios sabe qué trágica historia de hundimiento y exclusión: nos había llegado el rumor de que procedía de una familia acaudalada de la que había sido expulsado por oscuras razones que desconocíamos pero no teníamos reparo en tejer: un desengaño, una traición, tal vez un homicidio…
Con todos ellos convivíamos, a todos los apreciábamos como un elemento más de la comunidad en la que crecíamos. En el complejo proceso del aprendizaje y la maduración, nuestros locos nos enseñaban que no es tan difícil descarrilar, que ser extranjero en el universo de la normalidad está al alcance de cualquiera. Hoy sé que su presencia en los primeros años de mi vida me ayudó no sólo a ubicar el límite, sino a construir la misma idea del límite.
Recuerdo a menudo a los desequilibrados de mi infancia. En los ya muchos años que han pasado desde entonces los he reconocido en otros locos, “tolos” como los llamamos en mi tierra. Mil veces he vuelto a sentir sus miradas alucinadas pero tiernas, sus sonrisas tontas, sus explosiones de agresividad…
Y si tuviera que dar cuenta de mis gratitudes, nunca podría obviar las debidas a Finoca, Luciano, Tucho o Adonis porque todos ellos me enseñaron que la vida es frágil como las alas de una mariposa, que el camino está plagado de trampas, que es tan fácil caer como continuar, que sólo nuestra soberbia nos lleva a proclamarnos dueños de nuestro destino.
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