Mostrando entradas con la etiqueta General. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta General. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de mayo de 2008

Luna

Eran las cinco de la tarde y se me habían agotado los cigarrillos. Con un gesto de fastidio, me levanté del sofá y me dispuse a bajar al estanco de la esquina. Aparté la cortina para comprobar lo que me esperaba. Afuera el sol rejoneaba con saña a los escasos transeúntes. Salí al rellano y llamé el ascensor. El estruendo de la antigua maquinaria anunció que la cabina subía penosamente. Entré y pulsé el botón del piso bajo, del que hacía años había desaparecido la B por la erosión del uso. Bajaba tan ruidosa y lentamente como subía. Cuando salí a la calle, recibí una patada de calor en la cara. Giré a mi izquierda. Al pasar por la parada del autobús, un 27 estaba descargando pasajeros. Una señora bajaba con una niña china en brazos. “Vamos, Luna”, decía. Tras ella, un anciano trataba de apoyar su bastón en el último escalón. Me fijé en la empuñadura: era de marfil y representaba la cabeza de un mandril. Un poco aturdido, seguí hasta llegar al estanco. Tras cinco minutos de espera, compré al fin una cajetilla que guardé en el bolsillo derecho del pantalón. De regreso, pasé por la parada cuando llegaba otro 27. La puerta se abrió y bajó una señora con una chinita en brazos. Mientras medía con el pie, decía “vamos, Luna”. Un anciano con bastón la seguía tanteando los escalones. El puño era la cabeza marfileña de un mandril. Palpé mi bolsillo: los cigarrillos no estaban.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Inglés en pocas lecciones


Antonio es un hombre bueno. Hace diez años se jubiló tras casi cincuenta trabajando como mecánico de tractores. Desde el primer momento se prometió a sí mismo no dejarse llevar por la pereza, amarrarse a alguna actividad, ahuyentar la decrepitud, engañar a la vejez. Así, durante esta década ha pintado al óleo numerosas telas, ha restaurado vehículos antiguos, ha vencido una grave enfermedad, ha entrado en el coro de su iglesia y ha viajado por toda Europa e Israel.

Los viajes los organiza su parroquia cuyo titular (también anciano, también activo) no deja de pasear a su grey por donde le permiten los bajos precios que logra arrancar a una agencia amiga. Generalmente las excursiones tienen una orientación religiosa o cultural: Jerusalén, Roma, Atenas, Praga, ... Sin embargo, también hay ocasión para el solaz. Es así como Antonio ha ido dos años consecutivos a Mallorca, a uno de esos hoteles donde uno comparte comedor con los turistas europeos. Durante su primera estancia en él conoció a un chiquillo británico con el que congenió a base de gestos, porque Antonio, que es un hombre bueno, congenia con los niños pero no sabe inglés. Todos los días se encontraban en el restaurante o en el salón y jugueteaban un rato, correteando al chaval, subiéndosele al regazo, escondiéndose. Antonio se encariñó con él y cuando llegó el momento de despedirse sintió la separación con una extraña desazón que lo dejó un poco vacío.

Sin embargo, cuando el año siguiente regresó al mismo hotel, volvió a encontrarse con el crío y de nuevo las carreras, y los juegos, y los saltos en el regazo, y la rara dicha de disfrutar lo que se daba por perdido. Y también, al final, el dolor, la puñalada del adiós.

Antonio me dice que lo que más lamenta es no poder hablar con el niño, a quien confía ver este año. “Si sólo pudiera decirle lo más elemental, -cómo estás, te gusta este sitio, quieres jugar-, sería un hombre feliz”, me confiesa.

Y así Antonio se ha puesto a estudiar inglés a sus setenta y cinco años. Se ha suscrito a uno de esos cursos por fascículos que ofrecen los diarios para intentar frenar la caída de las ventas. Como las lecciones están en disco compacto, él las graba en unas cintas para poder escucharlas en su coche mientras conduce. Y este hombre que no pudo estudiar, que ha reparado tractores durante casi cincuenta años, que es bueno, está aprendiendo inglés sólo para poder preguntarle a un chiquillo al que sólo verá una semana cómo se llaman sus amigos del colegio, si le gustan las hamburguesas o qué quiere ser de mayor.

viernes, 18 de abril de 2008

Fechas paralelas



Entre el 5 y el 6 de abril de 1994 murió Kurt Cobain, cantante de Nirvana, en su casa de Seattle. Me gusta pensar que fue el 6 porque el mismo día, a varios miles de kilómetros y unas cuantas zonas horarias de distancia, moría en Essex Lee Brilleaux, cantante de Dr. Feelgood.

El enorme eco que tuvo el suicidio de Cobain estaba alimentado por la leyenda que había construido a su alrededor en sólo veintisiete años: era uno de los elegidos para el ejército de los malditos, con Hendrix, Joplin, Jones y Morrison, compañía en la que no parecía encontrarse a disgusto. Su grupo consiguió conectar con la necesidad de cambio de una generación, algo poco frecuente. Nirvana fue el ariete del asalto a los estilos decadentes de los ochenta y su cantante, el profeta.

Lee Brilleaux, sin embargo, era un tipo corriente. Apostaba en garitos de mala muerte, fatigaba las tascas de los barrios obreros donde bebía sin tasa y exprimía la vida. Vi a Brilleaux varias veces. Podría llenar folios hablando de sus conciertos, pero sólo me detendré en un detalle que me llamó la atención: las tres veces que lo vi vestía smoking, lo que siempre me pareció un gesto de complicidad con el público al que parecía querer decir: hacemos rythm and blues, bebemos y fumamos, pero sabemos lo que es el respeto.

Años más tarde, el 11 de septiembre de 2001 un conjunto de ataques coordinados golpeaba a los Estados Unidos. Aviones comerciales tripulados por terroristas se estrellaban contra las torres gemelas y el Pentágono. La Casa Blanca se libró por los pelos. Se ha escrito tanto sobre el tema que no añadiré nada. Sólo recordaré que el mismo día de 1973, la esperanza moría en Chile con el golpe de Pinochet que acababa con la vida de Allende.

Cuando pasados los años leemos las efemérides del 6 de abril, encontramos la debida referencia al aniversario de la muerte de Cobain. Cualquier 11 de septiembre se nos recordará los atentados de Nueva York y Washington. Pero nada leeremos sobre dos hombres buenos, tímidos y sencillos que sin embargo nunca desaparecerán para algunos de nosotros.