Nico llegó a España hace tres años. Una conjunción de azares hizo que el permiso de trabajo que las autoridades habían concedido a nombre de su hermana terminara, contra su deseo, en sus manos. Sin saber cómo, el documento, por el que tantos compatriotas habrían matado, fue rechazado, por una u otra razón, por todas las mujeres de la casa: cuál porque daba pecho a un recién nacido, cuál porque no era autorizada por su marido, y así una tras otra. Nico, que era casi una madre niña, tuvo que dejar a sus dos hijos al cuidado de la suya para que toda la familia pudiera aprovechar el inesperado premio de un lugar en el paraíso europeo.
Durante estos tres años, en los que consiguió una prórroga del permiso que con toda seguridad le valdrá la nacionalidad dentro de otros cinco, ha trabajado cuidando niños, cuidando ancianos, como dependienta, como camarera… siempre con la misma sonrisa inocente con la que despegó de Guayaquil tras despedirse de sus dos chiquillos, el más pequeño de los cuales estaba recién destetado.
Nico no entiende este país, ni a su gente. Las pautas de comportamiento le resultan ajenas; la burocracia administrativa que enreda a los extranjeros, incomprensible; el modo de vida, desasosegante. Ha ido apilando, con la paciencia de los pueblos indígenas, motivos para el descontento. También ha descubierto muchas cosas que no le gustan, como la música orquestal, porque era la que sonaba en su vuelo durante el despegue y el aterrizaje, de forma que se entristece cuando la escucha y su rostro de niña se contrae dolorido al recordar la puñalada de la separación.
Se mueve en el mundo cerrado de la comunidad inmigrante, en la que la vida es especialmente dura: no faltan los odios, las envidias, los robos, la violencia, la inseguridad. Tampoco las mezquindades que siempre acompañan a la precariedad: las despensas divididas, la insolidaridad y las pequeñas traiciones domésticas. Así que el anhelo de Nico es otro: ella no suspira por quedarse, sino por volver. Todos los días se levanta sintiendo la llamada de los suyos, añorando el amparo de su madre, oyendo la voz de sus hijos. Sus amigos le aconsejan que se lo piense, le recuerdan lo difícil que es sobrevivir en Ecuador, lo mucho que sus hijos necesitan sus remesas mensuales. Pero Nico cree que podrá salir adelante en su pueblo natal, allá en la costa del Pacífico. Y, poco a poco, llevada por una fuerza creciente, está preparando su regreso en una especie de sueño invertido: aquél en el que el edén y el infierno se truecan, en el que el fin del viaje está en el puerto de salida.
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domingo, 7 de febrero de 2010
viernes, 11 de julio de 2008
Madre

La mujer de la fotografía, que es asistida por dos hombres no se sabe si para evitar que se caiga o para ayudarla a incorporarse, lleva un chupete en su mano izquierda. Es lo que le queda de su bebé, muerto en la patera en la que junto con otras cuarenta y tantas personas intentaba alcanzar la costa española, la puerta del paraíso. En el código de colores infantiles, el rosa de la cadenilla hace sospechar que se trataba de una niña. Esta madre no habrá tenido mucho tiempo para tranquilizar a su hijita con el chupete, quizá menos de un año. Pero en ese poco tiempo, ha tenido ocasión de soñar un futuro para ella lejos de la miseria en que nació, del infierno que ella habrá vivido en su aldea de Gambia, o de Senegal, o de Nigeria. Ese sueño la habrá llevado a una penosa travesía, con su pequeña a cuestas, a través de África hasta la costa de Marruecos, calmándola cuando lloraba por el calor o el hambre con su chupetito rosa. Se la habrá imaginado de camarera, o de limpiadora, o de peluquera en alguna de esas ciudades europeas que veía en cualquier televisor desvencijado de su pueblo. A lomos de esa esperanza habrá pagado quién sabe cuánto o asumido quién sabe qué deuda con una de las mafias que trafican con los desheredados. Esta madre habrá pasado miedo al entrar en la patera con tanta gente, cuando el motor se paró en mitad de un mar infinito como consecuencia del temporal, cuando quedaron al pairo durante días sin comida, sin agua y bajo un sol inclemente. Pero su sueño, tejido con el amor por su pequeña criatura, la habrá ayudado a no desesperar.
A la mujer de la fotografía la han recogido medio inconsciente los servicios de salvamento españoles. Del grupo faltaban doce personas, tiradas por la borda nada más morir y cuyos cadáveres estarán flotando en algún lugar de ese mar que un día fue símbolo de la civilización y hoy lo es de la vergüenza. Entre ellas estaba su hijita, pero ella aún no lo sabe. Con la cara contraída por el dolor y la mano aferrada al chupete esta mujer está preguntando a los hombres dónde está su bebé.
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