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viernes, 6 de junio de 2008

Viejos


Leo en el Rincón de haikus de Benedetti:

Van las muchachas
cada paso más lindas
y yo más viejo

Y recuerdo una cruda declaración de Leopoldo María Panero en una entrevista, posiblemente publicada en El País, que cito de memoria, por lo que puede no ser literal: los jóvenes piensan como dioses; los viejos, como miserables. La brutalidad de la sentencia hizo que cuando la leí la encajara como un uppercut, no por mi edad, sino por su inclemencia con los ancianos. Por aquel entonces, Panero ya había pasado por el psiquiátrico y nos había helado con sus Poemas del manicomio de Mondragón (Del polvo nació una cosa./Y esto, ceniza del sapo, bronce del cadáver/es el misterio de la rosa).

Conocí a Panero brevemente allá por 1983 en casa de Juan Luis Recio, cerca del barrio de Malasaña. Habíamos recalado allí unos amigos que veníamos de Santiago de Compostela. Madrid bullía de creatividad y nosotros acudíamos con frecuencia a entregarnos a aquella excitación colectiva. Juan Luis estaba ocupado con algún trabajo de producción musical, puede que de Glutamato Ye-Yé, tal vez de Miguel Ríos.

Una tarde Leopoldo anunció que bajaba a comprar cigarrillos y decidí acompañarlo. La salida se convirtió en una batida de varias horas por las tascas de la zona en las que Panero, cada vez más bebido, derrochó sobre mí tal cantidad de geniales incoherencias que difícilmente podré olvidarlo. Con el paso del tiempo he venido a reputar de privilegio aquellas enloquecidas horas cuya memoria cuido con el mimo de un coleccionista.

No volví a verlo hasta hace unos tres años. Estaba firmando en una caseta de la Feria del libro: desdentado, cano, escuálido, fantasmal, viejo. El extravío de su mirada me disuadió de presentarme. Habría resultado inútil.

Ahora me pregunto si allá hundido en su silla, entre el cigarrillo, la coca-cola y el bolígrafo con el que firmaba, pensaba como un dios o como un miserable. Y vuelvo, entretanto, a Benedetti:

No sé si vengo
tampoco sé si voy
ando al garete

lunes, 21 de abril de 2008

Buzones


Todos nos fijamos en aquellos aspectos de lo que nos rodea que tienen algún vínculo con nuestra área de saber, nuestra experiencia cotidiana o nuestra práctica. Así, el zapatero podrá, de un simple vistazo, calcular el número de pie de una señora cuya sonrisa le pasará desapercibida pero que llamará la atención del dentista. La embarazada sólo ve embarazadas y el cojo, cojos.

Yo me fijo en los buzones. Me refiero a los buzones de correos que hay en las calles, amarillos los ordinarios y rojos los urgentes. Sospecho que su utilización es ya escasa debido al correo electrónico. Para mí tienen, sin embargo, el sabor entrañable de la comunicación mediata, aquélla en la que el tiempo y la distancia intervenían tanto como el contenido y la caligrafía. Cuando echábamos la carta en el buzón se abría un período de incertidumbre sólo resuelta con la respuesta por el mismo medio.

Yo fui un activo remitente de cartas. El lento proceso de elaboración y revisión del texto, su paso a limpio, el cuidado de la letra y, por supuesto, el placer físico de doblar las cuartillas, introducirlas en el sobre y cerrar la solapa humedecida, enriquecían el hecho desnudo de la comunicación haciéndolo, si cabe, más humano.

El correo postal forma parte del paisaje de un tiempo perdido, del que se han ido también los giros postales, las conferencias a cobro revertido o los telegramas.

Hoy sigo tomando nota de los buzones que veo por la calle. Conozco la ubicación de los más cercanos a mi casa y a mi despacho. Sigo pensando que alguno de ellos me podrá ser útil en alguna ocasión, porque a veces, aunque nos parezca imposible, lo que creíamos perdido vuelve para acariciarnos por un momento antes de desaparecer de nuevo.