En mi ruta diaria hacia el colegio bordeaba el mar entre Pontevedra y Marín. Dos veces: una por la mañana y otra por la tarde. Con la bajamar y en los meses de temporada, las marisqueiras moteaban el arenal que el mar dejaba al descubierto y, armadas de balde y sacho, hurgaban encorvadas en busca de almejas. Aunque con seguridad las veía cuando el ciclo de las mareas lo permitía (ciertos días en el viaje matinal, otros por la tarde, los demás, al coincidir con la pleamar, no estaban) me parece recordarlas siempre por la mañana, con el sol a mi espalda alargando sus sombras hacia la bocana de la ría y comenzando a calentar el aire húmedo y frío. Era de ver: decenas de ellas aplicadas como hormigas, hundiendo sus minúsculos azadones en la arena húmeda entre las algas verdosas, dando la espalda al trolebús y a nuestras miradas infantiles.
Todo entonces estaba vinculado al mar. Un par de kilómetros más adelante, las redes se amontonaban en Cantoarena, a la vera de la lonja antigua, esperando ser retejidas por las redeiras con sus agujas de madera al ritmo hogareño de la calceta que despertaba en mí el mismo asombro: sin saber cómo, de sus rápidos movimientos, salía un aparejo nuevo, con sus losanges redivivos.
A la altura del astillero de Estribela, casi enfrente de la vieja fábrica de hielo, las dornas comenzaban la jornada cargadas de nasas, con sus remos chirriando monótonamente sobre los toletes, enfilando perezosas el ancho de la ría. Y llegando al final del trayecto, el puerto comercial se abría a la derecha antes de llagar a la Escuela Naval. Allí atracaban abarloados los pesqueros de mayor tamaño, cargueros y algún que otro frigorífico. Eran los tiempos de la industria naval incipiente, cuando todavía podíamos entrar en los muelles a pescar, a pasear o a jugar.
Hoy el puerto comercial, como un tumor que se extiende sin cesar, lo ha ocupado todo: los astilleros, la vieja lonja, los primeros bajíos de Placeres. Como si alargara el brazo en un intento desesperado de alcanzarla, avanza lento hacia la factoría de celulosa. Y pienso en lo que dentro de cuarenta años rememorarán los chiquillos que hoy hagan el mismo trayecto que yo: en vez de trolebuses, autobuses de gasóleo; en vez de admirar el espectáculo de las marisqueiras, se entretendrán con vídeos infantiles; donde había montes de redes, sólo verán naves industriales.
Y todo es pérdida sobre pérdida: mis astilleros fueron las playas de mis abuelos; mi puerto comercial, su muelle de pescadores; mis sinsabores, sus sueños.
Mostrando entradas con la etiqueta Marín. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marín. Mostrar todas las entradas
domingo, 11 de abril de 2010
domingo, 12 de abril de 2009
Semana Santa
Viendo una procesión el Jueves Santo he recordado que mi padre era nazareno de no sé qué cofradía de Marín, donde, por supuesto, la Semana Santa no tiene el calado social de Andalucía. Su procesión era nocturna o quizá vespertina pero cuando ya la oscuridad había caído sobre el pueblo. Lo esperábamos en la acera de nuestra calle. A pesar de marchar velado por el capirote, su característico carraspeo compulsivo lo denunciaba mucho antes de que llegara a nuestra altura y cuando lo oíamos estallaba la fiesta: “es aquél, es aquél”. Y así éramos capaces de identificarlo entre muchos otros con la misma túnica, el mismo cíngulo, los mismos guantes, los mismos cirios de llama titilante.
El pesado silencio en que los cofrades desfilaban, solamente roto por el ronco quejido de los bombos heridos por baquetas como mazos y por el redoble de los atabales, me impresionaba. El relato de la Pasión, reiterado cada año con una particular saña en el detalle de sus episodios más brutales (los azotes al Ecce Homo, la coronación con las espinas, el inhumano ascenso al Calvario con sus tres caídas, la propia crucifixión con clavos fijando al madero los miembros del condenado, la sádica lanzada que atraviesa el costado, la horrible agonía en presencia de la madre destrozada por el dolor,…), contribuía, junto con la lista de los horrores del infierno, a resaltar la cara más oscura y desagradable de la religión.
Era difícil entonces, y hoy sé que imposible, casar el mensaje de esperanza de una fe pretendidamente basada en el amor con ese espectáculo sanguinolento en el que tenían cabida las pasiones y vilezas más abyectas de la condición humana: la traición, la avaricia, la debilidad del renegado, la tortura, el sadismo,…
Pero nosotros, ajenos a todo ello, o tal vez como un escudo contra tanta bajeza, no reparábamos en llantos, sangre o dolor: esperábamos impacientes a oír el primer carraspeo de nuestro padre para señalarlo alborozados y aguardar a que, al pasar a nuestro lado, nos guiñase un ojo a través del antifaz.
El pesado silencio en que los cofrades desfilaban, solamente roto por el ronco quejido de los bombos heridos por baquetas como mazos y por el redoble de los atabales, me impresionaba. El relato de la Pasión, reiterado cada año con una particular saña en el detalle de sus episodios más brutales (los azotes al Ecce Homo, la coronación con las espinas, el inhumano ascenso al Calvario con sus tres caídas, la propia crucifixión con clavos fijando al madero los miembros del condenado, la sádica lanzada que atraviesa el costado, la horrible agonía en presencia de la madre destrozada por el dolor,…), contribuía, junto con la lista de los horrores del infierno, a resaltar la cara más oscura y desagradable de la religión.
Era difícil entonces, y hoy sé que imposible, casar el mensaje de esperanza de una fe pretendidamente basada en el amor con ese espectáculo sanguinolento en el que tenían cabida las pasiones y vilezas más abyectas de la condición humana: la traición, la avaricia, la debilidad del renegado, la tortura, el sadismo,…
Pero nosotros, ajenos a todo ello, o tal vez como un escudo contra tanta bajeza, no reparábamos en llantos, sangre o dolor: esperábamos impacientes a oír el primer carraspeo de nuestro padre para señalarlo alborozados y aguardar a que, al pasar a nuestro lado, nos guiñase un ojo a través del antifaz.
Etiquetas:
Marín,
Semana Santa
viernes, 27 de febrero de 2009
La consulta de mi abuela
Sí, mi abuela tenía una consulta. Era comadrona y practicante, el equivalente a un ATS actual, así que recibía en casa para poner inyecciones, tomar la tensión o reconocer a las embarazadas. En la vieja casa de Marín, donde había vivido con sus padres y tenido a su hijo, la consulta estaba en la planta baja. No había sala de espera, por lo que inyectaba a los pacientes tras un biombo de tres hojas. Hervía las jeringuillas de cristal y las agujas para su desinfección, muchas veces en las mismas cajas metálicas donde las guardaba. El olor a alcohol era penetrante y permanente. En una esquina estaba la vitrina de los medicamentos y sobre baldas de cristal el material de trabajo, con varios tipos de pinzas, fórceps, un fonendoscopio y un tensiómetro. En lo alto del mueble, dos objetos: una fotografía de ella en uniforme de enfermera de los años 40, con un bebé en el regazo, y un bote en el que había un feto en formol. Al parecer, un aborto natural de mi madre.
En otra de las esquinas de la estancia mi bisabuela, ya nonagenaria, pasaba las horas presidiendo desde su mecedora las tardes de tertulia. Sí, porque la consulta de mi abuela era como una rebotica: después de que les pusieran la inyección o les tomaran la tensión las mujeres se quedaban un tiempo charlando, en un continuo movimiento por el que las que llegaban reemplazaban a las que se iban despidiendo, salvo algunas fijas, que sin necesidad de servicio alguno iban sencillamente a matar la tarde. No había suceso en el pueblo, por nimio que fuese, que no tuviera eco en sus conversaciones, ni escándalo que no provocara un asombro unánime, ni borrasca que no se lamentara.
A veces mi abuela tenía que salir a atender algún parto, y entonces las tertulianas quedaban al cuidado de mi bisabuela, que derramaba esa sabiduría antigua de las mujeres varias veces madres que no han conocido más que frustraciones y sinsabores en la vida. La suya había sido especialmente pródiga en ellos. Ninguno de sus seis hijos se libró de una especie de maldición que perseguía a la familia: matrimonios desgraciados, viudeces prematuras, hijos de soltero (y de soltera), maltratos, vidas rotas en plena juventud, huidas precipitadas en plena noche hacia destinos lejanos para salvar la piel… La de mi abuela tampoco había sido tacaña en reveses: embarazada de un novio que se desentendió, salió adelante estudiando su profesión y obteniendo un título, amparada por su familia y algún benefactor altruista y librepensador de los que no faltaban en la España de la Segunda República.
Ambas arrastraban biografías ingratas pero allí, en la consulta de mi abuela, ella y su madre habían encontrado por fin algo parecido a la normalidad, un tranquilo refugio a salvo de sobresaltos en el que las conversaciones recurrentes de las comadres hilvanaban el tiempo y los días entre inyecciones y controles de tensión.
En otra de las esquinas de la estancia mi bisabuela, ya nonagenaria, pasaba las horas presidiendo desde su mecedora las tardes de tertulia. Sí, porque la consulta de mi abuela era como una rebotica: después de que les pusieran la inyección o les tomaran la tensión las mujeres se quedaban un tiempo charlando, en un continuo movimiento por el que las que llegaban reemplazaban a las que se iban despidiendo, salvo algunas fijas, que sin necesidad de servicio alguno iban sencillamente a matar la tarde. No había suceso en el pueblo, por nimio que fuese, que no tuviera eco en sus conversaciones, ni escándalo que no provocara un asombro unánime, ni borrasca que no se lamentara.
A veces mi abuela tenía que salir a atender algún parto, y entonces las tertulianas quedaban al cuidado de mi bisabuela, que derramaba esa sabiduría antigua de las mujeres varias veces madres que no han conocido más que frustraciones y sinsabores en la vida. La suya había sido especialmente pródiga en ellos. Ninguno de sus seis hijos se libró de una especie de maldición que perseguía a la familia: matrimonios desgraciados, viudeces prematuras, hijos de soltero (y de soltera), maltratos, vidas rotas en plena juventud, huidas precipitadas en plena noche hacia destinos lejanos para salvar la piel… La de mi abuela tampoco había sido tacaña en reveses: embarazada de un novio que se desentendió, salió adelante estudiando su profesión y obteniendo un título, amparada por su familia y algún benefactor altruista y librepensador de los que no faltaban en la España de la Segunda República.
Ambas arrastraban biografías ingratas pero allí, en la consulta de mi abuela, ella y su madre habían encontrado por fin algo parecido a la normalidad, un tranquilo refugio a salvo de sobresaltos en el que las conversaciones recurrentes de las comadres hilvanaban el tiempo y los días entre inyecciones y controles de tensión.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)