domingo, 4 de enero de 2009

Claro instante

Agonizo en el lamento, me consumo lentamente sostenido por el estremecimiento de tu memoria, me apago.

“Aun a pesar de las tinieblas bella/ aun a pesar de las estrellas clara”. ¿Quién, sino tú, ha nacido para merecer estos versos?

“Eras, instante, tan claro…/ perdidamente te alejas”

Feliz año

Las llamadas del ayer me incomodan. Bueno, debería decir que me desasosiegan los ecos no bienvenidos. Me siento como esos fugitivos que, una vez que han conseguido arrinconar su pasado, se ven acosados por él por un desgraciado encuentro fortuito.

No quiero verme en ningún espejo. No quiero aprender de mis errores, que tal vez me gustaría volver a cometer. Qué mejor destino: recaer en el placer, en el regreso contumaz a lo vivo, a lo que he perdido, a lo que el maldito paso del tiempo me ha ido quitando.

La muchedumbre se mueve en dirección contraria, aunque puede que sea yo el que camina a contramano. Contramano, qué extraordinario adverbio tal vez sólo comparable a extramuros. ¿Por qué me gustarán tanto las palabras compuestas: antepecho, aguamanil, guardapolvos, parachoques, tragaluz?

¿Dónde estás, hermano, tú que me conoces desde que naciste? ¿A quién recurriré cuando quiera pasear por la memoria?

¿Dónde estás, amor? ¿Quién me guiará?

Declino la responsabilidad de mi vida hasta la fecha. Quiero nacer cada día, sin memoria, sin el recuerdo de tu aliento, sin el temblor de nuestro placer.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Espera

Me esperas y te espero, amor.

(Yo digo aún: ¿por qué callé aquel día?). Quizá el amor sólo pueda pervivir en la eterna esperanza, en el no llegar a ser para no llegar a morir. Sin embargo, nos esperamos. Te veo cerca, al alcance de mis besos, acaricio tu figura, percibo tu olor. ¿Qué despiadada barrera nos separa? ¿Dónde alientan los espacios que la almohada no abre?

Nos esperamos como peregrinos descaminados tratando de hallar en una estrella que desconocemos la orientación a la vía que nos reúna.

Te espero y me esperas, amor

García-Alix

Hoy me he encontrado embarcado en un extraño viaje al pasado a lomos de dos artículos de prensa y una exposición fotográfica. Los primeros se encuentran en secciones tan dispares como la contraportada del suplemento local de Madrid de El País y la colaboración semanal de Muñoz Molina en Babelia. La segunda, reseñada magistralmente por éste en el texto antedicho, se ofrece en el Reina Sofía hasta mediados del próximo febrero: una espléndida colección de fotografías de García-Alix titulada “De donde no se vuelve”, expresión que me lleva a través de emocionadas connotaciones a Bécquer y Cernuda (Donde habite el olvido…).

En el suplemento citado encuentro en la sección habitual “Guía de perplejos” una entrevista con Casto Herrezuelo, camarero durante lo últimos 55 años del bar El Palentino, que tantas cervezas nos sirvió a mi ya fallecido amigo Orlando y a mí. Es eso precisamente, la interminable lista de jóvenes muertos por la heroína o el sida en los años 80 que Casto evoca con una amarga frialdad, lo que me devuelve transitoriamente a esa época de excesos en la que la vida se apuraba histéricamente en una enloquecida carrera avituallada con todo tipo de drogas al ritmo de la mejor música de los últimos cuarenta años.

Acabada la lectura de la entrevista y todavía recordando tristemente a mis queridísimos amigos que se quedaron en el camino (un beso a todos dondequiera que estéis: Alfredo, Ángel, Alejandro, amadísimo Orlando, amigo, amigo Foni, Rafa, Manolo, María José, mi muy querido Kubala, Pablo, Mary Carmen, Alfonso y tantos y tantos más), me doy de bruces con el comentario de Muñoz Molina sobre la exposición de García-Alix a la que me dirijo casi inconsciente, arrastrado por una inexplicable necesidad de encontrarme.

La muestra es dura y descorazonadora. La nutrida colección de fotografías recoge imágenes de los últimos treinta años, pero yo sólo tengo ojos para aquéllas que enmarcan mi juventud: muchachos inyectándose heroína, lúgubres habitaciones de paredes desconchadas, descampados estremecedores en los que punkies inánimes miran a la cámara como zombies alucinados, patios interiores que parecen exhalar muerte a través de la luz mortecina de sus ventanas, chicas desnudas en posturas obscenas que no excitan apetito alguno, árboles que elevan patéticamente sus ramas desnudas a un cielo inclemente. Todo en ella es desolación y desesperanza.

Salgo del museo aturdido, pensando si tal vez aquellos años tan celebrados como explosión de creatividad y dinamismo no han sido sino el triste prefacio de un relato penoso cuyo epítome estamos escribiendo ahora rendidos, acobardados, derrotados, aplastados por la repentina certeza de que todo resultó ser una enorme mentira.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Sin novedad

Al parecer vivimos tiempos de cambio. Los viejos paradigmas se desmoronan sacudidos por fuerzas cuyo origen desconocemos y a las que, por tanto, no sabemos qué oponer, si de neutralizarlas se trata, o cómo acoger, si conviene aprovechar su furia. (¿Qué no s'esperará d'aquí adelante/ por difícil que sea y por incierto/ o qué discordia no será juntada?). Los desheredados de ayer dirigen imperios; quienes hasta hace poco sembraban la muerte se ocultan aturdidos, incapaces de poner nombre al viento que los barre; las reglas que nos gobernaban se agrietan desprendiendo el polvo de los siglos.

Pero no, no nacemos a un nuevo tiempo. Otros desheredados seguirán los pasos de los de ayer; la marea dejará en la orilla otros caudillos de la guerra; nuevas pautas vendrán a sustituir a las ya antiguas, encauzando una vez más la corriente de nuestras vidas.

No, no renazco nunca. Sobre el tapiz continuo del abandono una ilusión de cambio sucede a otra, el amor muere nada más nacer, la misma soledad se viste de parecidos lutos.