jueves, 20 de junio de 2013

Fernando



Adiós, Fer, queridísimo amigo. No he llegado a conocer el relato de esa larga temporada en el infierno que ha precedido a tu despedida. Lo fuimos dejando y ya nunca me lo contarás. Sólo he oído el eco de tu dolor, que nunca me fue extraño a pesar de la distancia que absurdamente pusimos entre nosotros.

Nos asomamos juntos a la vida como párvulos asombradizos. ¿Recuerdas cómo entrábamos al aula cogidos de la mano? Así, de la mano, hemos caminado durante medio siglo viéndonos crecer, madurar, aprender, ser felices pocas veces e infelices muchas. Digo con Cicerón que parecen quitar el sol del mundo quienes quitan la amistad de la vida, lo sé bien porque he tenido la tuya.

Añoraré nuestras largas conversaciones, nuestro permanente desencaje del mundo, tu facilidad para descubrir en las cosas lo que los demás no veíamos, tu melancolía risueña que, ahora lo comprendo, era el anticipo de un sufrimiento impredecible.

Te resultó insoportable el oficio de vivir. No preví el desenlace. Me avisaste, pediste auxilio con una voz cada vez más débil, no supe verlo o me faltó generosidad. Ahora es tarde y sólo puedo llorar. 


domingo, 19 de mayo de 2013

ARBO


Estos días he conseguido viajar en el tiempo gracias a mi amigo T., a quien hace ya cuarenta años que no veo. No sé cómo se las ha arreglado para encontrarme, pero cuando levanté el teléfono y me dijo que era él, se obró el milagro y los cuarenta años se encogieron instantáneamente hasta convertirse en cuarenta minutos: así de cerca me llegó aquel tiempo mágico de Arbo, aquellos veranos de un calor plomizo impropio de Galicia.

Todo entonces contribuía a acentuar la indolencia adolescente: las mañanas plácidas en el río Miño cuya corriente violenta en aquel tramo de su curso y sus traicioneros remolinos nos atrevíamos a desafiar nadando hasta la orilla portuguesa; la tardes perezosas en la casa de alguno de nosotros, ya sentados en el porche de la nuestra, ya en el jardín de la suya; las cenas inquietas que precedían a las verbenas de algunas de las parroquias y aldeas cercanas (Barcela, Las Nieves, Sela, Cabeiras, Creciente…); los aperitivos dominicales en cualquiera de los bares del pueblo.

Salíamos al encuentro de la vida sin darnos cuenta de que íbamos encontrándonos a nosotros mismos, dejando en la búsqueda jirones de inocencia enredados en las chicas, la música, los vermús, las conversaciones y el pasmo asombrado de la emergencia del deseo. Se asentaron entonces amistades que ahora veo han resistido el bataneo inmisericorde de las décadas como sólo los aprecios y querencias de la pubertad, aún ignorantes de la traición, el desencanto o la simple descomposición, pueden soportar.

Parecía entonces que la vida transcurría milagrosamente indemne en dos corrientes contradictorias: el manso curso del estío con su quietud tántrica y el atropellado torrente de nuestro interior. No lo sabíamos, pero estábamos enfilando caminos diferentes, tanto que nos perdimos de vista casi para siempre.

Durante estos últimos cuarenta años, he regresado a Arbo en algunas ocasiones, sólo para ir constatando, en cada viaje con mayor claridad, que el lugar me es tan extraño como la edad en la que en él fui feliz. Y es que, al parecer, en eso consiste envejecer: en un permanente y definitivo destierro.


miércoles, 30 de mayo de 2012

Meditaciones

Tal vez la vida en las guarniciones danubianas acentuara el natural pesimismo de Marco Aurelio. En las tardes grises de Carnuntum vivió tiempos de zozobra en los que la guerra y la peste parecían anunciar el fin de Roma. Cuántas veces, entre las brumas de Panonia, recordaría a su abuelo, de quien había aprendido el buen talante, y a su padre adoptivo, el emperador Antonino, a quien debía su aprecio por el esfuerzo y la perseverancia, su amor al prójimo y su preocupación por el bien común, su desapego del lujo y su prudencia. Y cuántas rememoraría las enseñanzas de su maestro y amigo Frontón, el rétor que lo formó en las técnicas de la Gramática, o las de Rústico, quien lo inició en la filosofía estoica.

En la soledad de su tienda escribía sus melancólicos soliloquios desgranando una visión del mundo que se mueve entre la desesperanza y la resignación. La muerte, tan presente en su vida y en su reinado, no está asociada a la gloria, sino al olvido que todo lo arrastra al mismo vacío negro. Todo lo que es desaparece con rapidez: los hombres, en el mundo; su recuerdo, en el tiempo. Ni siquiera la memoria es garantía de permanencia. Todo acaba perdido, deshecho y disuelto en otros seres: en un instante, serás cenizas y huesos, un nombre o ni siquiera eso; si un nombre, sólo un murmullo y eco. Lo mismo que sucede con el amor: lo creemos eterno y un día reparamos en que no es más que un brumoso recuerdo que languidece como una evocación mortecina a la que nos cuesta poner nombre.

Marco Aurelio va tiñendo de nostalgia su testamento espiritual, escrito quizás para su hijo Cómodo, o simplemente para él mismo. Él no lo sabe, pero ya nunca volverá a pisar Roma: terminará sus días en Vidobona, habiendo concluido su conmovedor homenaje a quienes lo habían conducido en su infancia y juventud: familiares, preceptores, maestros y amigos. Con sus predecesores Adriano y Antonino marca la edad de oro de una Roma que empezaba a sospechar su decadencia.

En su Cuaderno de notas a las Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar recuerda la lectura, en la correspondencia de Flaubert, de esta inolvidable frase: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que sólo estuvo el hombre". Casi dos milenios después, el hombre vuelve a estar solo.

sábado, 18 de febrero de 2012

El amor es de izquierda


En la presentación de la nueva novela de mi amiga Enriqueta de la Cruz ayer, en el Ateneo (El amor es de izquierda), se respiraba un aire antiguo de inocencia y libertad. Se podrá decir que la docta institución todo lo empapa de amor de saber, pero también que en las venas de los amigos que llenaban la sala Úbeda hay, como en las de Machado, gotas de sangre jacobina; y como él son, en el buen sentido de la palabra, buenos.

La autora hizo la presentación con la frescura de una conversación de café, alternando su discurso con la lectura de ciertos pasajes por Inma Chacón. Tal vez el término lectura no alcance a expresar lo que Inma hizo con su voz de seda cantarina de acentos extremeños: devolvernos durante unos instantes casi hipnóticos a la infancia en que nuestra madre nos leía un cuento antes de dormir. Su paso lento por el episodio en que Lenin y Elena hacen el amor fue tan hermoso que, cerrados los ojos para concentrarme mejor, me pareció que no oía: veía.

En otro de los pasajes del libro, uno de los personajes, Sara, hace una conmovedora reflexión sobre la incapacidad de expresar verbalmente nuestras emociones en la sociedad actual. Es como si en el proceso de evolución social hubiésemos acabado perdiendo esa facultad, como algunos animales, después de milenios, pierden alguna extremidad. Y esa amputación nos condena a implorar ayuda con la mirada o con los gestos, a buscar remedio a nuestro desamparo inermes, mudos, esperando que alguien repare en nuestro dolor para darnos lo que tan fácil habría sido pedir con palabras: una mano, un abrazo, un beso.

Se habló mucho en la presentación: de esperanza, de utopía, de bondad, de amor, de fe, porque como dice Rimbaud, el amor es la mejor fe. Son tiempos de postración, pero consuela comprobar que todavía, en algunos rincones ilustrados, se respira un aire antiguo de inocencia y libertad.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Cambio

Hace años que lo venimos oyendo y leyendo: la velocidad de los cambios se ha disparado hasta el punto de hacerlos incomprensibles a las generaciones más viejas. No sólo los ancianos, sino también los que han entrado en la madurez parecen no estar preparados para asimilar la ingente cantidad de novedades que se les caen encima: la tecnología, el comercio, la comunicación y los nuevos usos sociales son fenómenos cuya comprensión parece estar al alcance únicamente de los jóvenes y algunas mentes preclaras de los que ya no lo son.

Los que estamos a caballo entre los no preparados y los ya crecidos en esta época de vértigo tenemos el privilegio de haber asistido a la gestación y lactancia del nuevo tiempo. Un día tuvimos en nuestras manos los juguetes pre-mecánicos, las tablas de logaritmos, los discos de 45 r.p.m. y las conferencias a cobro revertido. Sin saber cómo, nos encontramos con pasatiempos electrónicos, calculadoras científicas, minúsculos dispositivos de reproducción musical y teléfonos móviles. Hemos podido adaptarnos porque hemos crecido al ritmo de la innovación, pero tal vez nuestros hermanos mayores lo han tenido más difícil.

La fuerza centrífuga de este loco girar expulsa lo malo y lo bueno. Perdemos cada día un trozo de lo que nos ha traído hasta aquí. Unas veces, sea bienvenida la pérdida; otras, lamentada.

Sin embargo, pasan los años y permanecen las mismas querencias, aquéllas cuya satisfacción no depende del signo de los tiempos: el gozo de la primavera, la memoria de la juventud, el escalofrío de una caricia, la plenitud del amor.