miércoles, 13 de mayo de 2009

Nostalgia, soledad

El vacío que dejan nuestros muertos cambia de forma con el tiempo, no de tamaño. Así también nuestra percepción de la muerte, que se va conformando a medida que comprobamos cómo la vida lo inunda todo a pesar de las ausencias que un día creímos imposibles de superar, no para nosotros, sino para el orden de las cosas. Dice Pavese que probablemente, cada época de la vida se multiplica en las sucesivas reflexiones de las otras. Por eso la infancia nos parece la más larga y la vejez la más corta porque no será repensada. El peso de los años también añade capas a las muertes que nos marcaron, hasta convertirlas en un triste relato, más o menos largo, medido por todo aquello que no llegó a vivir quien nos falta. Creo que era Javier Marías quien, evocando –creo también– a Benet al cabo de muchos años de su desaparición reflexionaba sobre todo lo que se había perdido: los teléfonos móviles, Internet,…

Y así ocurre que, si bien en un primer momento sólo percibimos el efecto de la muerte de una persona querida sobre nuestro mundo, acabamos, mucho tiempo después, considerando la proyección de nuestro mundo en la memoria que conservamos de ella. ¿Cómo sería mi madre en un país donde existe el matrimonio entre personas del mismo sexo? ¿Qué sentiría sabiendo que algunas de las enfermedades incurables cuando ella murió se curan hoy con no mayor dificultad que una simple gripe? ¿Y si la llevaran por una autopista a 160 kilómetros por hora cuando en la época en que murió estaba acuñada la expresión “ir a cien” como indicación de máxima velocidad? ¿Cómo habría sido su proceso de adaptación a este presente?

El dolor cede hasta desaparecer, mientras la nostalgia gana terreno impulsada por el propio fluir de la vida. Porque eso es lo que definitivamente sucede: la vida es cada vez más patente, pero nuestra soledad también.

Sen ti todo é vida ao redor
¡Que soidade!

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