Un amigo cuyos padres murieron con apenas un par de años de diferencia, cuando ya nosotros nos encontrábamos bien entrados en los cuarenta, me dijo tras dar tierra al último –él, por más señas–: “bueno, ya estamos en primera línea”. En un primer momento, me pareció que había en la frase y en la sonrisa contenida que la acompañó un aire de trámite notarial, como si levantase acta de un acontecimiento rutinario o al menos no infrecuente: una junta general de accionistas o la firma de un bastanteo. Sin embargo, enseguida percibí la fina ironía y el humor macabro con que mi amigo se encaraba con la fatalidad que esta segunda pérdida, todavía no repuesto de la primera, venía a declarar.
Pero, al fin, reconocí la pertinencia de la figura, que traslada al universo simbólico de la guerra lo que quizá presenta más cabalmente los caracteres sustantivos de la tensión: la vida.
En efecto, estamos en primera línea, al menos en la batalla que siempre hemos de perder, la que mueve las generaciones como las falanges hoplitas: filas de guerreros van ocupando los puestos de las que van cayendo en el combate. La muerte siempre vence en esta rueda interminable.
Pero no es ésa la única batalla. Nos hacemos a base de un juego polémico, de una sucesión de victorias y derrotas parciales cuyo saldo determina nuestra (in)felicidad: desde la aprehensión del mundo nada más nacer, hasta la lucha definitiva contra la muerte.
Entre medias, sólo el desamor nos endurece. Con paciencia oriental tejemos nuestros petos y espaldares, grebas y guanteletes, yelmos y crestones a base de besos rechazados, caricias agostadas, abrazos evitados y mentiras mal habidas.
viernes, 25 de septiembre de 2009
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Lo grande y lo pequeño
Aunque ya estoy hecho –por fuerza– al avance de la tecnología de los últimos veinticinco años, sigo –también por fuerza– asombrándome de vez en cuando con alguno de sus productos, sintiendo algo parecido al pasmo pazguato del pueblerino que, por vez primera, ve la capital. Yo, que en el bachillerato utilizaba las tablas de logaritmos para las operaciones más complejas, me sorprendo en ocasiones mirando la calculadora electrónica en una especie de trance.
Por supuesto, los cambios relacionados con las comunicaciones, internet y el correo electrónico especialmente, son los que probablemente suponen la mayor diferencia aparente en nuestra vida cotidiana. El acceso universal e instantáneo a información que hace unos pocos años nos hubiera costado mucho tiempo y esfuerzo conseguir difícilmente puede ser subestimado. Y la correspondencia inmediata, con destinatarios de cualquier lugar del mundo, si bien nos priva del placer sensual de la cuartilla, el sobre y la pluma, derriba la barrera de la distancia, nos acerca a los demás. Diré a este respecto que seguí apegado al correo postal, por una especie de rebeldía y romanticismo entreverados, cuando ya el electrónico era el de uso general.
Pero si hay algo que me impresiona es el contraste tan descomunal de referencias: cómo en dispositivos no mayores que una moneda caben bibliotecas enteras, mapas de países, millones de fotografías, de piezas musicales… El paso de lo enorme a lo diminuto, de Brobdingnag a Lilliput, aturde intelectualmente tanto como conduce a la inseguridad por cuanto nos coloca ante la desigualdad primordial: la del hombre frente al universo.
Esa contigüidad de escalas, que obliga a un tránsito casi imposible de pautas mentales de medida para acomodar representaciones tan dispares, me produce una suerte de vértigo, un desasosiego íntimo en el que reconozco asombros pasados, incómodas sospechas de inviabilidad racional, incertidumbres antiguas, otros milagros.
Así, que en el embrión recién concebido se cifre una vida entera; que el leve roce de una mano desate una tempestad de turbación en el adolescente; que una vocal perfeccione un verso; que una palabra de consuelo detenga un llanto; que un encogido y viejo corazón pueda albergar un amor infinito.
Por supuesto, los cambios relacionados con las comunicaciones, internet y el correo electrónico especialmente, son los que probablemente suponen la mayor diferencia aparente en nuestra vida cotidiana. El acceso universal e instantáneo a información que hace unos pocos años nos hubiera costado mucho tiempo y esfuerzo conseguir difícilmente puede ser subestimado. Y la correspondencia inmediata, con destinatarios de cualquier lugar del mundo, si bien nos priva del placer sensual de la cuartilla, el sobre y la pluma, derriba la barrera de la distancia, nos acerca a los demás. Diré a este respecto que seguí apegado al correo postal, por una especie de rebeldía y romanticismo entreverados, cuando ya el electrónico era el de uso general.
Pero si hay algo que me impresiona es el contraste tan descomunal de referencias: cómo en dispositivos no mayores que una moneda caben bibliotecas enteras, mapas de países, millones de fotografías, de piezas musicales… El paso de lo enorme a lo diminuto, de Brobdingnag a Lilliput, aturde intelectualmente tanto como conduce a la inseguridad por cuanto nos coloca ante la desigualdad primordial: la del hombre frente al universo.
Esa contigüidad de escalas, que obliga a un tránsito casi imposible de pautas mentales de medida para acomodar representaciones tan dispares, me produce una suerte de vértigo, un desasosiego íntimo en el que reconozco asombros pasados, incómodas sospechas de inviabilidad racional, incertidumbres antiguas, otros milagros.
Así, que en el embrión recién concebido se cifre una vida entera; que el leve roce de una mano desate una tempestad de turbación en el adolescente; que una vocal perfeccione un verso; que una palabra de consuelo detenga un llanto; que un encogido y viejo corazón pueda albergar un amor infinito.
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textos
viernes, 4 de septiembre de 2009
Heart of darkness
En el trance de expirar, en lo que Marlow conjetura un momento supremo de conocimiento absoluto, un memorable relámpago de clarividencia, Kurtz susurra sus últimas casi inaudibles palabras: “¡El horror! ¡El horror!”, acaso dirigidas a la imagen instantánea, que cree ver en su alucinación, del transcurso detallado de su vida.
Muchas interpretaciones se han dado del relato en general y de este pasaje en particular, pero a mí me llama la atención porque tiene un aire de ejercicio mental, como si se le hubiese pedido al feroz expoliador de marfil: “resuma su vida en una sola palabra”. Si ya resulta difícil extraer lo más relevante de una vida en una exposición sumaria, por cuanto el descarte de lo accesorio no deja de ser tan arbitrario como la selección de lo sustancial, la reducción de escala a un solo vocablo se antoja tarea imposible.
Sin embargo, Kurtz acierta a concentrar una vida de muerte, tortura, sometimiento, humillación y guerra en la palabra horror. Probablemente da en el blanco con increíble tino.
Me pregunto qué diría yo si en mi agonía se me sometiera a semejante demanda. ¿Qué término sería el adecuado para encerrar, siquiera de modo connotativo, todos y cada uno de mis días? Presumo que no diferiría mucho de Kurtz, quizás en un par de letras. Sí, reuniría mis últimas fuerzas y con un lánguido soplo murmuraría: “¡El error! ¡El error!”
Muchas interpretaciones se han dado del relato en general y de este pasaje en particular, pero a mí me llama la atención porque tiene un aire de ejercicio mental, como si se le hubiese pedido al feroz expoliador de marfil: “resuma su vida en una sola palabra”. Si ya resulta difícil extraer lo más relevante de una vida en una exposición sumaria, por cuanto el descarte de lo accesorio no deja de ser tan arbitrario como la selección de lo sustancial, la reducción de escala a un solo vocablo se antoja tarea imposible.
Sin embargo, Kurtz acierta a concentrar una vida de muerte, tortura, sometimiento, humillación y guerra en la palabra horror. Probablemente da en el blanco con increíble tino.
Me pregunto qué diría yo si en mi agonía se me sometiera a semejante demanda. ¿Qué término sería el adecuado para encerrar, siquiera de modo connotativo, todos y cada uno de mis días? Presumo que no diferiría mucho de Kurtz, quizás en un par de letras. Sí, reuniría mis últimas fuerzas y con un lánguido soplo murmuraría: “¡El error! ¡El error!”
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Conrad
jueves, 30 de julio de 2009
Basilea - Manila
Conocí a J. hace veinticuatro años. Nuestras vidas se cruzaron brevemente, quizá durante no más de un mes. Ella pasaba unos días en España y a través de amistades comunes y la consabida colaboración del azar terminamos por coincidir. Éramos ambos dos veinteañeros exaltados que proveníamos de la misma familia de la izquierda, el trotskismo, y tal vez fuese ese sustrato común el que dio pie a nuestra relación, corta pero intensa. Ella era suiza, de Basilea y poseía a mis ojos el cosmopolitismo europeo al que los españoles hemos tardado tanto en llegar. Hablaba con igual fluidez, además de los tres idiomas de la Confederación (alemán, italiano y francés), inglés y castellano. Su manera de aproximarse a los temas de conversación y la factura de sus argumentos transmitían el pulso inconfundible de la Europa civilizada, tan deseada y tan lejana para nosotros entonces. En mi memoria J. ha quedado asociada a un caluroso mes de mayo, a las fiestas madrileñas que conmemoran el levantamiento contra el francés, a las terrazas de Malasaña, al museo del Prado, a las tascas del Madrid de los Austrias… También a una época difícil en la que me ayudó, a interminables conversaciones sobre política y el futuro de la izquierda, sobre arte y literatura. Sabedores del carácter pasajero de su estancia en España, apuramos los días casi con desesperación.
Al principio, tras la despedida, mantuvimos alguna correspondencia (ordinaria, por supuesto, todavía faltaban unos años para el uso generalizado del correo electrónico), cada vez más espaciada. Finalmente, como suele suceder en estos casos, perdimos el contacto.
Años después, no muchos, con motivo de un viaje a Basilea, intenté verla. Me dirigí a la dirección a la que le había enviado mis cartas, pero ya no vivía allí. Consulté la guía telefónica local, pero tampoco aparecía. Se la había tragado la tierra. Supuse que se habría casado, que tal vez ya no residía en la ciudad o que si todavía estaba en ella, habría cambiado de apellido, la única pista que me podía guiar.
Con el paso del tiempo, la olvidé casi completamente. Sólo en ciertas ocasiones, estimulado por algún detalle accidental (una noticia en la prensa, el parecido de un rostro, el regreso a alguno de los lugares en los que habíamos estado juntos), me acordaba de ella y evocaba con nostalgia aquella primavera en su compañía. Hace unos días, en un recoveco de una conversación intrascendente, asomó brevemente uno de esos detalles accidentales que me hizo pensar en ella. No le dediqué más que un instante, pero en algún rincón quedó impresionado el recuerdo porque, esta vez animado por la curiosidad, comencé a buscar su rastro en la red.
No tuve que indagar demasiado. Enseguida me topé con su pista y, poco a poco, pude reconstruir lo que había sido su vida durante estas dos décadas largas.
Dos años después de su visita a España viajó a Filipinas. En vano, pues, la había buscado en Basilea: ya se había ido. Allí conoció a un hombre con el que acabó casándose, no sé exactamente cuándo. Con él fundó una empresa de agricultura orgánica, que ahora preside. Poco a poco fueron ampliando el negocio hasta convertirlo en una de las principales compañías de catering de Manila. Constituyó también una empresa consultora de éxito. Pero, siendo como era una mujer de izquierda, siguió trabajando por la agricultura sostenible, la mejora de las condiciones de trabajo de las mujeres del campo, la igualdad de sexos, el empleo de tecnología no agresiva con el entorno y los avances sociales del medio rural. Puso en marcha una asociación de productores orgánicos en Filipinas, participó en la creación de la federación mundial de agricultura orgánica, y viaja por medio mundo dando conferencias sobre todo ello.
Después de repasar con detenimiento la información recopilada, sentí una especie de sorda satisfacción al comprobar que no nos abatimos completamente, que es mucho lo que permanece inalcanzable al óxido de la renuncia, que no todo es capitulación. Y por momentos, al leer en qué ha empleado J. estos últimos veinte años, me parece estar escuchándolo de sus labios mientras tomamos una cerveza en Malasaña, como en los días antiguos de aquel cálido mayo.
Al principio, tras la despedida, mantuvimos alguna correspondencia (ordinaria, por supuesto, todavía faltaban unos años para el uso generalizado del correo electrónico), cada vez más espaciada. Finalmente, como suele suceder en estos casos, perdimos el contacto.
Años después, no muchos, con motivo de un viaje a Basilea, intenté verla. Me dirigí a la dirección a la que le había enviado mis cartas, pero ya no vivía allí. Consulté la guía telefónica local, pero tampoco aparecía. Se la había tragado la tierra. Supuse que se habría casado, que tal vez ya no residía en la ciudad o que si todavía estaba en ella, habría cambiado de apellido, la única pista que me podía guiar.
Con el paso del tiempo, la olvidé casi completamente. Sólo en ciertas ocasiones, estimulado por algún detalle accidental (una noticia en la prensa, el parecido de un rostro, el regreso a alguno de los lugares en los que habíamos estado juntos), me acordaba de ella y evocaba con nostalgia aquella primavera en su compañía. Hace unos días, en un recoveco de una conversación intrascendente, asomó brevemente uno de esos detalles accidentales que me hizo pensar en ella. No le dediqué más que un instante, pero en algún rincón quedó impresionado el recuerdo porque, esta vez animado por la curiosidad, comencé a buscar su rastro en la red.
No tuve que indagar demasiado. Enseguida me topé con su pista y, poco a poco, pude reconstruir lo que había sido su vida durante estas dos décadas largas.
Dos años después de su visita a España viajó a Filipinas. En vano, pues, la había buscado en Basilea: ya se había ido. Allí conoció a un hombre con el que acabó casándose, no sé exactamente cuándo. Con él fundó una empresa de agricultura orgánica, que ahora preside. Poco a poco fueron ampliando el negocio hasta convertirlo en una de las principales compañías de catering de Manila. Constituyó también una empresa consultora de éxito. Pero, siendo como era una mujer de izquierda, siguió trabajando por la agricultura sostenible, la mejora de las condiciones de trabajo de las mujeres del campo, la igualdad de sexos, el empleo de tecnología no agresiva con el entorno y los avances sociales del medio rural. Puso en marcha una asociación de productores orgánicos en Filipinas, participó en la creación de la federación mundial de agricultura orgánica, y viaja por medio mundo dando conferencias sobre todo ello.
Después de repasar con detenimiento la información recopilada, sentí una especie de sorda satisfacción al comprobar que no nos abatimos completamente, que es mucho lo que permanece inalcanzable al óxido de la renuncia, que no todo es capitulación. Y por momentos, al leer en qué ha empleado J. estos últimos veinte años, me parece estar escuchándolo de sus labios mientras tomamos una cerveza en Malasaña, como en los días antiguos de aquel cálido mayo.
miércoles, 22 de julio de 2009
Anatomía
Cayó en mis manos Anatomía de un instante, el último libro de Javier Cercas, y lo miré con cierta aprensión, pues supuse que se trataba de un relato novelado y, por tanto, ficticio del intento de golpe de estado del 23 de febrero, o quizá de una simple novela cuya acción se desarrollaba en el entorno temporal de esa fecha. Pensé también que tal vez la guerra civil y los primeros años de la posguerra habían dado de sí todo lo que podían dar y el horizonte de la novela española de la memoria se había acercado a la Transición en busca de caladeros más novedosos.
Lo que me encontré, sin embargo, fue una magnífica obra de disección, trabada con enorme originalidad y maestría a base de amplias anáforas y quiasmos, repeticiones que evocan la precisión del bisturí que corta sobre lo suficientemente estudiado, repasado, en el lugar que debe dar paso al órgano a tratar. Tres espléndidos paralelismos entre el trío golpista (Armada, Milans, Tejero) y el que, al contrario que el resto de diputados presentes, no echó cuerpo a tierra cuando empezó el tiroteo en el Congreso (Suárez, Gutiérrez Melado, Carrillo) ocupan parte del relato y ofrecen unos agudísimos estudios sicológicos de los protagonistas, observados con frialdad de cirujano.
Es esa misma frialdad la que lleva a Cercas a afirmar, en varios pasajes del libro, que la actitud de ciudadanos, medios de comunicación, empresarios, etcétera, fue de una pasividad tal que le hace presumir un apoyo mayoritario al golpe en caso de haber triunfado.
Yo también lo creo porque sé del carácter acomodaticio que tiene la mayoría, del intrincado complejo de cálculos que siempre ponderan a la baja la dignidad en favor de un mayor peso de la seguridad o la comodidad. Como también sé de la renuncia dolorosa a la felicidad, de la rendición al desamor, de la oportunidad malograda, del lamento interminable que debemos a la cobardía.
Lo que me encontré, sin embargo, fue una magnífica obra de disección, trabada con enorme originalidad y maestría a base de amplias anáforas y quiasmos, repeticiones que evocan la precisión del bisturí que corta sobre lo suficientemente estudiado, repasado, en el lugar que debe dar paso al órgano a tratar. Tres espléndidos paralelismos entre el trío golpista (Armada, Milans, Tejero) y el que, al contrario que el resto de diputados presentes, no echó cuerpo a tierra cuando empezó el tiroteo en el Congreso (Suárez, Gutiérrez Melado, Carrillo) ocupan parte del relato y ofrecen unos agudísimos estudios sicológicos de los protagonistas, observados con frialdad de cirujano.
Es esa misma frialdad la que lleva a Cercas a afirmar, en varios pasajes del libro, que la actitud de ciudadanos, medios de comunicación, empresarios, etcétera, fue de una pasividad tal que le hace presumir un apoyo mayoritario al golpe en caso de haber triunfado.
Yo también lo creo porque sé del carácter acomodaticio que tiene la mayoría, del intrincado complejo de cálculos que siempre ponderan a la baja la dignidad en favor de un mayor peso de la seguridad o la comodidad. Como también sé de la renuncia dolorosa a la felicidad, de la rendición al desamor, de la oportunidad malograda, del lamento interminable que debemos a la cobardía.
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